Hans Küng: eutanasia y autonomía desde la fe en Dios.

En múltiples notas de prensa se ha recogido lo que Hans Küng asevera en el tercer y último volumen de sus memorias: “no quiero seguir viviendo como una sombra de mí mismo”[1]. A sus 85 años, afectado por un estado avanzado de Parkinson, y temiendo perder por completo su visión, Küng ha considerado ponerse en manos de una clínica suiza donde practican suicidios asistidos. Muchos cristianos y cristianas se han sorprendido frente al hecho de que un teólogo se muestre dispuesto a terminar con su propia vida, sin embargo, dicha decisión es consecuente con sus ideas teológicas, y ello no sólo en este ámbito ético específico, sino que, principalmente, por lo que puede denominarse como el eje central de su teología, esto es, la libertad. Este breve artículo no pretende dar una explicación detallada de la postura de Küng sobre el dilema ético de la eutanasia, sino más bien, a partir de ella, presentar la autonomía como elemento característico central de la teología de Küng. Es, por tanto, una visión general del pensamiento de Küng para todos/as aquellos/as que, al no conocer su obra, no pueden comprender cómo un cristiano podría estar a favor del suicidio asistido.

Küng y la eutanasia.

Ya en su obra de 1982 ¿Vida eterna?, Küng presenta una primera reflexión sobre la eutanasia. Allí la define en un sentido amplio como “todas las medidas de orden corporal o psíquico enderezadas a aliviar la muerte de los enfermos (moribundos) incurables”[2]. Con ello hace referencia a la eutanasia médica, es decir, a “toda medida médica aplicada a enfermos incurables para evitar un doloroso final”[3]. Con el objetivo de aclarar lo que a él le parece central en la discusión ética sobre el tema, Küng hace algunas aclaraciones al respecto. En primer lugar, señala que rechaza la pseudo-eutanasia, entendida como la aniquilación de una vida supuestamente indigna de ser vivida, debido a malformaciones, enfermedades psíquicas o físicas, u otras razones. Esta falsa eutanasia no admite discusión, ya que atenta radicalmente contra los derechos humanos.[4] En segundo lugar, Küng indica que la discusión no debe enfocarse en la “eutanasia sin acortamiento de la vida”, ni tampoco en la “eutanasia pasiva”, ello porque, según su opinión, no hay ningún reparo legal, ético ni médico ante el hecho de administrar calmantes o narcóticos si se quiere reducir el dolor corporal que causan las enfermedades terminales, ni tampoco ante la interrupción de la prolongación artificial de la vida.[5] Lo que realmente se presenta como objeto de controversia para Küng es la “eutanasia activa”, esto es, la eutanasia que persigue directamente el acortamiento de la vida, la muerte de gracia. Al respecto afirma:

“A diferencia de la forzosa eutanasia […] aquí se trata de una eutanasia completamente voluntaria tanto de parte del paciente como del médico, ejecutadas según unas determinadas condiciones -más o menos estrictas- estipuladas en declaración jurada del interesado ante notario: adormecimiento solamente en caso de enfermedad mortal, incurable; o en caso de achaques corporales no mortales, pero graves y dolorosos (por ejemplo parálisis respiratoria); o, finalmente, en casos de enfermedad o lesión cerebral grave o irreparable”.[6]

Para Küng, el dilema ético de la eutanasia se transforma en un dilema teológico ante la pregunta sobre el derecho del ser humano de disponer de su vida hasta decidir su propia muerte. La mayoría de los teólogos y teólogas responden con un no a dicha pregunta, ya que consideran que el ser humano, como creación, no está en poder de disponer libremente sobre su vida en este ámbito. Sin embargo, Küng señala que la argumentación no es tan fácil como aparenta sino sumamente complicada, pues está llena de dificultades objetivas:

  • La vida humana es “don” de Dios, ciertamente. Pero ¿no es a la vez, por voluntad de Dios, tarea del hombre?
  • La vida del hombre es “creación” de Dios, ciertamente. Pero ¿no es también, por encargo del creador, responsabilidad del hombre?
  • El hombre debe aguantar hasta el “fin dispuesto”. Pero ¿cuál es el fin dispuesto?
  • Una “devolución prematura” de la vida es un “no” humano al “sí” divino. Pero, ante una vida trastornada física y/o psicológicamente, ¿qué quiere decir “prematuro”?[7]

Con estas observaciones Küng señala que no pretende dar una doctrina definitiva, por lo menos no en esta obra de 1982, sino sólo plantear unos interrogantes justificados y brindar unos puntos de reflexión que puedan atenuar un tanto el tono de la discusión. Su objetivo, sostiene, es sacar de la zona de tabúes teológicos la discusión sobre la eutanasia:

“Así, pues, yo no abogo por la liberación de la ‘muerte de gracia’, pero sí por una reflexión sobre la responsabilidad humana ante la misma muerte, y también por un poco menos de angustia y ansiedad en las decisiones al respecto, tanto por parte del paciente como por parte del médico. Y si abogo por la responsabilidad del hombre, lo hago precisamente partiendo de una perspectiva específicamente teológica, que quiero tomar en serio la fe en la vida no sólo temporal sino eterna”.[8]

No obstante, en esta misma obra es posible vislumbrar lo que será su posición en los años siguientes. En ¿Vida eterna? destaca el hecho de que ya se ha comenzado a transformar la conciencia de las personas en relación a su responsabilidad frente a la regulación de los procesos vitales. Tiempo atrás muchos teólogos moralistas interpretaban la regulación activa y artificial de la natalidad como un no a la soberanía de Dios y, por tanto, la rechazaban, hasta que tuvieron que reconocer que también el comienzo de la vida humana ha sido dejado por Dios a la responsabilidad del hombre. Por lo mismo pregunta: “¿cabría igualmente pensar que el fin de la vida humana esté dejado más que hasta ahora a la responsabilidad (¡no a la arbitrariedad!) del hombre por el mismo Dios, que no quiere que le endosemos una responsabilidad que nosotros mismos podemos y debemos asumir?”[9]. Además sostiene: “así como no hay ninguna ‘vida indigna de ser vivida’, tampoco hay ninguna ‘vida digna de ser vivida’ en todas las circunstancias, como si la vida mantenida en un funcionamiento puramente biológico fuese el mayor de los bienes”[10].

Lo que en 1982 es reflexión y cuestionamiento, en 1997 toma un tono más definitivo con el ensayo Morir con dignidad: Un alegato a favor de la responsabilidad. En este breve texto, escrito junto a Walter Jens, Küng reflexiona nuevamente sobre la posibilidad de “ayudar a morir” responsablemente, llegando a conclusiones más determinantes que las que había sostenido antes. Allí afirma:

“Precisamente porque estoy convencido de que estoy destinado a otra vida nueva, me considero como cristiano con la libertad otorgada por Dios de participar en la determinación de mi morir, del modo y momento de mi muerte —en tanto me sea concedida esa posibilidad—[…] Una responsabilidad digna de seres humanos sobre el morir forma parte de una muerte digna de seres humanos, y esta afirmación no implica desconfianza o soberbia ante Dios, antes bien una inquebrantable confianza en Dios, que no es un sádico sino el Dios misericordioso cuya gracia es eterna”.[11]

En el año en que escribió dicho ensayo no presentaba la enfermedad de Parkinson que lo aqueja en este último tiempo. Allí escribe desde el ámbito académico, reflexionando ética y teológicamente sobre la eutanasia. Hoy, dieciséis años después, Küng está considerando pasar desde la teoría a la práctica. Lo que antes fueron opciones teológicas hoy son opciones vitales. Como ha recogido la prensa, en el último volumen de sus memorias, por ahora sólo disponible en alemán con el título de Erlebte Menschlichkeit, Küng sostiene: “El ser humano tiene el derecho a morir cuando ya no tiene ninguna esperanza de seguir llevando lo que según su entender es una existencia humana”[12].

Küng y la autonomía.

No es extraño que la mayoría de los cristianos y cristianas no estén de acuerdo con las reflexiones de Küng sobre la eutanasia. El cristianismo que predomina en las iglesias tiende a rechazar la autonomía del ser humano indicando que ella se opone a la moral cristiana y bíblica y, por tanto, se opone a la voluntad del mismo Dios. Esto mismo lo ha reafirmado G. Müller, Prefecto de la Doctrina de la Fe de la Iglesia Católica, quien, al enterarse de la decisión de Küng, ha señalado a la prensa que “Dios es el único dueño de nuestra vida, y, por tanto, la eutanasia no es ética ni legal”[13]. Sin embargo, como buen teólogo rebelde, Küng no sigue la teología tradicional de su iglesia. Es más, en toda su labor teológica Küng ha intentado desmontar prejuicios respecto a la fe en Dios, por ejemplo:

“el prejuicio de que quien cree en Dios no puede cultivar la ciencia con honradez intelectual, de que la fe y el saber se excluyen mutuamente, de que la ciencia ha reemplazado de modo definitivo a la religión. O el prejuicio de que un creyente no puede ser un verdadero demócrata, de que la fe en Dios es incompatible con la libertad, la igualdad y la fraternidad, de que la política debe ocupar el lugar de la religión. Y por último, el prejuicio de que la religión no permite a la persona ser verdaderamente humana, de que Dios representa por necesidad un perjuicio para el ser humano”.[14]

El hecho de que un cristiano o cristiana no podría decidir de forma consciente y responsable sobre el final de su propia vida en casos específicos, como, por ejemplo, en enfermedad mortal, achaques corporales graves y dolorosos, o, también, en casos de enfermedad y lesión cerebral grave o irreparable, es un prejuicio más que Küng intenta derribar. Por ello es posible calificarlo como un teólogo ilustrado que aboga por una religiosidad ilustrada, pues dicha religiosidad le parece una condición sine qua non de una praxis propicia para la vida.[15]

La eutanasia no es el único dilema moral que Küng aborda en sus obras, es más, Küng trata los problemas éticos desde una perspectiva mucho más profunda al reflexionar sobre los fundamentos de la moral. Si en el pasado, afirma Küng, la teología moral cristiana se limitaba a deducir de forma evidente y férrea los criterios de lo humano y las normas de su actividad a partir de una naturaleza inmutable y universal, presentando luego tales criterios y normas como eternos y apodícticos, en la actualidad esto se hace insostenible. Ya no es posible partir de un sistema tradicional de normas morales eternas, rígidas e inmutables, aceptadas pasivamente. Al contrario, es necesario comenzar con la realidad concreta, dinámica, cambiante y compleja del ser humano y la sociedad[16]. Ninguna absolutización o simplificación basada en el derecho natural o en la Biblia puede contribuir efectivamente a resolver los problemas y los conflictos que tiene la humanidad actual, de esta forma, indica Küng, el ser humano debe buscar y elaborar soluciones diferenciadas “en la tierra”, con el sudor de su frente, partiendo de las experiencias, de la diversidad de aspectos y extractos vitales, ateniéndose a los hechos, acumulando informaciones y datos seguros y trabajando siempre con argumentos objetivos a fin de contar con elementos sólidos para una decisión, y llegar, finalmente, a soluciones practicables[17]. Por tanto:

“Ningún recurso a una autoridad por alta que sea puede arrebatar al hombre la autonomía intramundana, la capacidad ética de darse leyes y ser responsable en la configuración del mundo que le ha encomendado, para lo bueno y para lo menos bueno, el moderno proceso de secularización”.[18]

Con todos estos elementos es posible confundir a Küng con un secularista más, incluso con un ateo, no obstante, su afirmación de la autonomía tiene una raíz profundamente teísta y cristiana. Él sostiene una autonomía teónoma, donde es Dios quien da sentido y fundamento a la autonomía del ser humano:

“Lo categórico de la pretensión ética, el incondicional ‘tú debes’, no puede fundamentarse en el hombre, en un hombre condicionado en todos los sentidos, sino únicamente en lo Incondicional: en un Absoluto capaz de comunicar un sentido trascendente y que comprende y penetra al hombre concreto, a la naturaleza humana y a toda la comunidad humana. Esto sólo puede ser la última realidad, ciertamente no demostrable racionalmente, pero que puede ser aceptada en una confianza razonable, independiente de cómo se la nombre, entienda o interpreta en las diversas religiones”.[19]

El ser humano, afirma Küng, consciente o inconscientemente tiene una necesidad vital de estar radicalmente vinculado al sentido, a la verdad, a la certeza, a unos valores y normas y, por tanto, si vive sin vinculaciones últimas, en este caso de tipo moral, correrá todos los riesgos de un fracaso en su humanidad o bien se vinculará a una ideología totalitaria de cualquier signo que le prometa lo que él anda buscando. Con lo cual abdicará de su libertad interior, a menudo dolorosamente, para recibir a cambio verdad y sentido, valores, ideales y normas a las que atenerse.[20] Así, según Küng, el ser humano puede encontrar en Dios un fundamento, apoyo y sentido último más allá de sí mismo, que lo trasciende y que a la vez le permite ser él mismo y obrar por sí mismo, es decir, Dios le confiere una auténtica autonomía moral.[21] Aunque en este punto es necesario aclarar que, para Küng, ese fundamento divino, incondicionado y absoluto, sólo puede ser aceptado mediante un acto de fe y confianza.[22] Por tanto, “la teonomía es la condición de posibilidad para la autonomía moral del hombre en la sociedad secular”[23].

De acuerdo al pensamiento de Küng, es posible sostener la teonomía desde la unión intrínseca que se da entre Dios y el mundo. En este punto se acerca a un panenteísmo de identidad cristiana, aunque no use dicho término de forma explícita:

“Así pues, no quiero tener que decidir entre Dios o el mundo: ¡no se trata de una disyuntiva! ¡Ni un mundo sin Dios ni un Dios idéntico al mundo! Frente al ateísmo y al  panteísmo  defiendo  una  unidad  diferenciada: Dios en el mundo, y el mundo en Dios. En consecuencia, entiendo a Dios y al mundo, a Dios y al ser humano, no como dos causalidades finitas yuxtapuestas y antagónicas, tales que una gana lo que pierde la otra. Concibo a Dios como realidad infinita y al mundo como realidad finita, dos realidades que se contienen mutuamente. Y por eso estoy convencido de que si Dios es de verdad el —espiritual, infinito, omnímodo— fundamento, sostén y sentido primigenio del mundo y del ser humano, entonces el Dios infinito no pierde nada cuando el ser humano gana en su finitud. Todo lo contrario: Dios gana si el ser humano gana”.[24]

Así, Dios respeta por completo las leyes de la naturaleza y de la libertad humana, pues él mismo es el origen de ellas.[25]

Por otra parte, si no se trata de una disyuntiva entre Dios, por un lado, y el mundo y el ser humano por otro, entonces es posible sostener un humanismo desde la misma fe en Dios. Para Küng, ser cristiano es estar, como Dios, a favor de lo humano. Es más, ser cristiano es ser radicalmente humano:

“Los cristianos, esto lo he expresado una y otra vez, no son menos humanistas que cualquier humanista. Pero los cristianos —siempre y cuando entiendan correctamente su condición de tales— ven lo humano, lo verdaderamente  humano, ven al hombre y a su Dios, ven el humanitarismo, la libertad, la justicia, la vida, el amor, la paz y el sentido, desde ese Jesús que para ellos es la persona concreta determinante, el Cristo. Desde él pueden profesar un humanismo que afirma todo lo verdadero, bueno, bello y humano. […] Como cristiano  estoy en condiciones de profesar un humanismo verdaderamente «radical», que va a la radix, a la raíz, y que también  es capaz de integrar lo falso, lo malo, lo desagradable, lo inhumano: no sólo todo lo positivo, sino también todo lo negativo, incluso el sufrimiento, la culpa, la muerte, el sinsentido”.[26]

En conclusión, es posible afirmar que, para Küng, el criterio último de lo moralmente bueno es lo que humaniza, es decir, lo que fomenta y enriquece la vida humana en su dimensión individual y social, intensificando la libertad y el amor.[27] Así, de acuerdo a esta norma “humanista”, primaria y autónoma de la moralidad, sólo a través de la experiencia vital es posible determinar y comprobar cuáles son los caminos por los que la realidad humana es promovida en su identidad, sentido y valor, por los que el ser humano alcanza una existencia fecunda y llena de sentido, y cuáles son los caminos que obstaculizan la identidad, el sentido y el valor de la realidad humana, haciendo imposible una existencia fecunda y llena de sentido.[28] Por tanto, para tomar una decisión moralmente correcta desde la fe cristiana no basta sólo con cumplir normas heterónomas supuestamente divinas. La defensa de Küng de la eutanasia no radica en una rebeldía frente a Dios y un desprecio de la vida humana como tal, sino que todo lo contrario, se asienta en el de Dios a la vida humana en su plenitud, y en un no a la mera supervivencia biológica que, en su decadencia, denigra la vida del hombre y la mujer. Claro está, dicha opción sólo puede ser una decisión personal, en este caso de alguien que reconoce la plenitud de vida que el seguimiento de Jesús le ha otorgado, como se puede interpretar de sus palabras recogidas por la prensa: “no es que esté ‘cansado de la vida’, sino ‘satisfecho de la vida’”[29].


[2] Küng, Hans. ¿Vida eterna? Madrid: Trotta, 2007. P. 271.

[3] Ibid. P. 271.

[4] Cf. Ibid. P. 271-272.

[5] Cf. Ibid. P. 275.

[6] Ibid. P. 276.

[7] Cf. Ibid. P. 277.

[8] Ibid. P. 280.

[9] Ibid. P. 279.

[10] Ibid. P. 280.

[11] Küng, Hans. Morir con dignidad. Un alegato a favor de la responsabilidad. Madrid: Trotta, 1997. P. 55.

[14] Küng, Hans. Lo que yo creo. Madrid: Trotta, 2011. P. 105.

[15] Ibid. P. 105.

[16] Küng, Hans. Ser cristiano. Madrid: Trotta, 2003. P. 565.

[17] Cf. Ibid. P. 467-468.

[18] Ibid. P. 568.

[19] Küng, Hans. Proyecto de una ética mundial. Madrid: Trotta, 2006. P. 74.

[20] Cf. Küng, Hans. Ser cristiano. P. 566.

[21] Cf Ibid. P. 570.

[22] Cf. Ibid. P. 570.

[23] Ibid. P. 570.

[24] Küng, Hans. Lo que yo creo. P. 146-147.

[25] Cf. Ibid. P. 146.

[26] Ibid. P. 197-198.

[27] Cf. Küng, Hans. Ser cristiano. P. 569.

[28] Cf. Ibid. P. 569.

[29] “Memoiren des Theologen: Kirchenkritiker Küng erwägt Tod durch Sterbehilfe” en Spiegel Online http://www.spiegel.de/panorama/gesellschaft/theologe-hans-kueng-denkt-ueber-tod-durch-sterbehilfe-nach-a-925356.html. En la mayoría de las versiones de prensa en español se traduce la frase original de Hans Küng, “Ich bin nicht ‘lebensmüde’, doch ‘lebenssatt’” como “No estoy cansado de la vida, sino harto de vivir”. La palabra “harto” puede significar efectivamente estar satisfecho, pero usualmente se entiende en español con un sentido negativo y, por tanto, la frase parece contradictoria. Es por ello que busqué una versión en alemán y llegué a la conclusión que la mejor traducción para este contexto de la palabra alemana “lebenssatt” es “estar satisfecho/lleno/colmado de vida” debido al juego de palabras que Küng realiza.

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