Los milagros del Reino de Dios

Los milagros se definen tradicionalmente como 1) acciones de Dios en nuestro mundo que avalan su presencia, 2) fenómenos observables efectuados por el poder de Dios, 3) una desviación aguda de orden de la naturaleza, 4) una desviación calculada para producir una fe que produzca reverencia, 5) una acción de Dios que irrumpe para respaldar a un agente que lo revela. [1] Definidos así los milagros son considerados como verdaderas pruebas de la existencia de Dios, de la autoridad de Jesús y del cristianismo. Pero hoy, y desde la Modernidad, los milagros se han convertido en un obstáculo más que en una ayuda al momento de explicar la racionalidad de la fe cristiana. Ello debido a la concepción moderna de las leyes de la naturaleza. En esta concepción no hay espacio para los milagros, ya que desde un comienzo se los considera como algo aún no explicado debido simplemente a que no se conocen todas las leyes naturales. Sin embargo, una vez conocidas, el fenómeno considerado milagroso dejará de serlo. Por lo tanto, la mentalidad moderna niega a priori la existencia de milagros.

Debido a lo anterior creo que debemos elaborar una nueva manera de entender los milagros si queremos que sea pertinente para nuestros días y especialmente si queremos comprender el hecho del milagro desde la mentalidad de lo antiguos judíos y primeros cristianos. Para estos, los milagros no son actos de Dios que por ser contrarios a las leyes naturales avalan su presencia real en nuestro mundo sino que son actos salvadores de Dios, hechos en donde Dios se muestra como aquél que quiere dar vida, salud y libertad plena.

Los autores bíblicos no tienen la noción de leyes naturales, para ellos el mundo esta abierto al poder de espíritus y dioses y son éstos los directamente responsables de cada hecho que hoy llamamos natural. Por tanto, no se puede decir tampoco que ellos estaban abiertos al mundo sobrenatural, porque la acción de estos espíritus y dioses no era considerada como algo ajeno al mundo como tal, sino inmanente a él. Es debido a lo mismo que desde la cosmovisión de los autores bíblicos Dios no necesita avalar su existencia ni su poder con hechos portentosos, sino que la presencia de Dios es para ellos evidente en el mundo. Dios siempre se manifiesta a través de sus agentes, sean ángeles, fuerzas impersonales u hombres elegidos. Recordemos que, al igual que la idea de un mundo regido por leyes naturales, el ateísmo es un fenómeno moderno.

Para entender mejor el significado teológico de los milagros en la Biblia tomemos como ejemplo los milagros de Jesús. En primer lugar se puede señalar que lo central en los milagros de Jesús es que “son signos de la salvación del Reino de Dios que ya irrumpe”[2]. El mensaje central de Jesús es la llegada del reino de Dios en su persona. Para el judío de entonces el Reino de Dios era la personificación de la esperanza, la realización del ideal de justicia sobre la tierra, esto es, la liberación de cualquier injusto señorío imponiéndose la justicia de Dios sobre el mundo. El reino es la realización del Shalom escatológico, de la paz entre los pueblos, entre los hombres, en el hombre y en todo el cosmos.[3]

Al respecto Kasper afirma:

En la Biblia es una concepción común que el hombre no posee por sí mismo paz, justicia, libertad y vida. La vida esta continuamente amenazada, la libertad oprimida y perdida, la justicia pisoteada. Este encontrarse perdido llega tan profundo, que le hombre no pude liberarse por su propia fuerza. No puede sacarse a sí mismo del atolladero. Demonios llama la Escritura a este poder que antecede la libertad de cada uno y de todos, el cual impide al hombre ser libre. [4]

La salvación del Reino de Dios irrumpe frente a la realidad de dominio que hasta ese momento tenían los demonios. Joachim Jeremías explica que en los tiempos de Jesús se consideraban a los demonios como seres individuales, si bien no exclusivamente. En cambio Jesús considera las manifestaciones demoníacas en relación con Satanás. Este aparece como un jefe con poderes reales que domina sobre un ejercito de demonios. Con esto lo maligno pierde su carácter de cosa aislada y casual.[5]

Se consideraba que Satanás (y sus demonios) tenían la preeminencia hasta ese momento, pues, como Jeremías menciona, no sólo se consideraba  que los endemoniados están esclavizados por el poder del maligno, sino que enfermedades de toda índole se hacían derivar de los demonios, principalmente distintas formas de enfermedades mentales.[6] Además algunas de las manifestaciones de la naturaleza que ponen en peligro la vida de las personas, como las tempestades por ejemplo, también eran consideradas en relación con el poder destructor de Satanás y sus demonios. Es por esto que en el texto donde Jesús calma la tempestad, este la reprende al igual que reprende a los demonios.

Desde este perspectiva podemos entender entonces los milagros como la victoria de Jesús frente al dominio de Satanás. Entonces estos milagros no son casos aislados sino, más bien, manifestaciones de la llegada definitiva del Reino de Dios. Como afirma Jesús en el evangelio de Mateo 12:28: “Si expulso a los demonios con el espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios”. También en la expulsión de los demonios realizada por los discípulos Jesús ve despuntar ya la aniquilación de Satanás: “Yo veía como Satanás, arrojado precipitadamente del cielo, caía en tierra como un rayo” (Lc. 10,18).

En segundo lugar se puede afirmar que los milagros de Jesús son la expresión corporal y mundana de la liberación que trae el Reino de Dios. Son signos de la liberación de todo el hombre. Sergio Armstrong menciona:

Las sanciones de sordos, mudos y ciegos, dicen relación con la comunicación interpersonal; la de los endemoniados, están vinculadas a la libertad; la de los leprosos a su reinserción en la sociedad; etc. Los milagros apuntan a todas las dimensiones de la existencia humana: la relación con Dios, con los semejantes y con la naturaleza. Nos comunican que la salvación lo es de todo el hombre, no sólo de su alma. [7]

En último lugar se puede afirmar que los milagros de Jesús en los evangelios son llamados  a la fe, buscan suscitar una respuesta de fe en el ser humano. En este sentido los milagros no son simples acciones mágicas sino que su función es extrañar, inquietar y sacudir al hombre para llevarlo a abrirse a un mundo distinto, un mundo de fe en Dios. Los milagros en los evangelios provocan repetidas veces la pregunta acerca de Jesús “¿Quién es este?” (Mc. 1:27; 4:41; Mt. 12:23). Es necesario mencionar en este punto que, como afirma Kasper, los milagros hacen que el hombre se abra a la realidad de Dios y de Jesús pero de ningún modo atropellan al hombre. Si los milagros atropellaran al hombre “no llevarían precisamente a la fe, que por esencia no se puede probar, sino que la harían imposible”.[8]

De acuerdo a Kasper: “lo que los milagros de Jesús dicen, en definitiva, es que en Jesús Dios realizaba su plan, que Dios actuó en él para salvación del hombre y del mundo”[9].

En la actualidad, cualquier hecho extraordinario o inexplicable es sometido al análisis de la mentalidad moderna. Para ella todo hecho tiene una causa, por más extraño e inexplicable que parezca. El pensamiento moderno considera que la naturaleza se guía por leyes, comportamientos regulares identificados. Dicha situación produce que cualquier acontecimiento que no pueda ser explicado por leyes naturales conocidas no necesariamente se considere obra divina, sino un mero vacío en el conocimiento científico del mundo. “Un acontecimiento extraordinario apenas si se contempla con asombro como milagro , sino que se le rebaja a objeto aclarable por principio”[10]. Esto genera consecuencias cuando se trata de los milagros de Jesús. En la actualidad nos vemos obligados a replantear el concepto de milagro como tal.

Tradicionalmente el milagro se ha entendido como “acontecimiento perceptible que supera las posibilidades naturales, que es causado por la omnipotencia de Dios quebrantando o, al menos, eludiendo las causalidades naturales, sirviendo, por tanto, de confirmación respecto de la palabra reveladora”[11]. Los que aún sostienen esta definición tradicional de milagro, como Harrison, afirman que la creación no puede ser entendida como algo que opera por si mismo en forma continua, teniendo todos los acontecimientos anteriores y posteriores entrelazados. El orden de la naturaleza no es algo riguroso, no es una camisa de fuerza en la que Dios se encuentra irremediablemente atrapado. Ellos afirman que la naturaleza es plástica en las manos de su creador soberano.[12] Los milagros son vistos como parte de la obra salvadora de Dios que actuó sobrenatural o anormalmente para destruir las consecuencias del pecado en la creación. Los milagros serían actos de poder como signos de gracia y superación del orden natural.

Como se puede apreciar esta definición de milagro contradice claramente el pensamiento moderno, al hacer del actuar milagroso de Jesús algo que quebrantaría la relación de causa-efecto propia de las leyes naturales. Además la mayoría de los cristianos creemos que el orden natural del mundo no es algo ajeno a la voluntad de Dios sino que es algo creado por su voluntad perfecta. Si Dios luego actúa en el mundo sobrenatural o anormalmente, como señala Harrison, Dios se contradice a sí mismo.

Una primera crítica que se le puede hacer a dicho concepto de milagro es que para poder establecer que la omnipotencia de Dios quebranta o elude las causalidades naturales sería necesario conocer de antemano todas las leyes de la naturaleza. Únicamente concretado esto sería posible afirmar que un hecho es causado inmediatamente por Dios. Sin embargo, como tal conocimiento acabado de las leyes naturales no existe, no se puede afirmar que un determinado hecho constituye un milagro.

Sumado a lo anterior, si existieran hechos así, desprovistos completamente de las relaciones naturales de causa y efecto, y, por lo mismo, capaces de ser comprobados claramente como un acto divino, entonces al ser humano no le quedaría más que creer en Dios, forzando así su fe y suprimiendo entonces la libre decisión.

Debido a las razones anteriores, creo que es necesario prescindir del concepto de milagro como superación de las leyes de la naturaleza para volver al sentido originario de milagro bíblico. Al presenciar los milagros, el hombre y la mujer de la antigüedad no dirigen su atención a las leyes de la naturaleza, sino que la dirigen hacia Dios, creador de ella.  Por tanto la cuestión de los milagros en la Biblia no se presenta como un problema relacionado con las ciencias naturales, sino como una cuestión religiosa y teológica. Los milagros se puede ver desde la perspectiva de las ciencias como hechos de causa y efecto o se pueden ver a través de la fe como hechos salvadores de Dios.

Kasper pone el siguiente ejemplo:

Según se diga: “Una depresión causa viento del este” o “Dios provocó viento del este”, nos estamos moviendo en un terreno lingüístico y de contenido totalmente distinto. La primera sentencia se mantiene en el terreno de lo constatable, mientras que la segunda remite al origen trascendental y al significado religioso de tal acontecimiento constatable. En ambos casos se habla del mismo acontecimiento de un modo y desde una perspectiva totalmente distinta, de manera que ambas proposiciones no pueden ser contrapuestas la una a la otra, pero tampoco se pueden nivelar.[13]

El milagro es interpretado por el hombre como tal al ocurrir en un tiempo y lugar determinado que hacen que su mirada se detenga no sólo en el cómo de tal milagro sino en el para qué. Ese acto que incluso puede tener una relación causa efecto bien definida se asume como manifestación del Reino de Dios para su salvación. Por ejemplo, una persona cuya enfermedad física terminal ha sido eventualmente sanada podría considerar aquello como producto de la causalidad, atribuyendo su sanación a los fármacos recetados por su médico. En cambio, una persona de fe, sin dejar de lado el efecto que aquellos fármacos hayan tenido en su recuperación, podría además considerar milagrosa su recuperación, atribuyéndola en última instancia a la voluntad divina.

Otro ejemplo, esta vez tomado del Antiguo Testamento, es el paso de los Israelitas por el Mar Rojo (Mar de las Cañas). Se puede decir que el hecho objetivo del mar seco se produjo por una causa natural ya que el mismo texto bíblico dice que el viento sopló toda la noche y lo secó, además, sabemos hoy que el Mar de las Cañas fue probablemente un mar de poca profundidad. Sin embargo lo que hace que los Israelitas lo interpreten como un acto liberador de parte de Dios es su mirada de fe, su mirada teológica. Ellos vieron e interpretaron ese mar seco como un acto milagroso de Dios debido al momento en que se produce, es la mirada interpretativa de la fe que sobrepasa la mirada objetiva empírica. Muchos vemos e interpretamos los hechos objetivos de nuestra vida de la misma forma hoy. Debido a nuestra confianza en Dios vemos su poder liberador en nuestra vida y en el mundo, otros simplemente ven coincidencias.

De acuerdo a Sergio Armstrong, Dios no actúa directamente en el mundo, sino que usa intermediarios. Dios no es una causa mas dentro del mundo, no actúa en el conjunto de las causas mundanas encadenadas entre sí, sino que él es quien lo sostiene todo y por tanto su acción está en otro nivel. Debido a esto, la constatación de la acción divina sólo puede hacerla la fe, nunca es posible “probar” esa acción.[14] Por tanto, el milagro sería mejor definido como un hecho que provoca asombro y sorpresa en la persona que tiene fe pues su mirada trasciende las relaciones causales, interpretando esos hechos como signos de salvación de Dios debido al momento y lugar determinado en que se producen.

Como he señalado, los hechos considerados milagrosos pueden ser vistos desde dos puntos de vista, no necesariamente excluyentes entre sí. Desde el punto de vista de las ciencias naturales, estos son vistos como productos de la causalidad, a pesar de muchas veces no tenemos en la actualidad una explicación satisfactoria a lo ocurrido. Por otro lado, desde el punto de vista de la fe, los milagros son signos de la presencia de Dios que actúa en el mundo. La fe busca la explicación última a la ocurrencia de dichos milagros, en un ámbito distinto al de las ciencias y, por lo mismo, un hecho inexplicable visto por los ojos de un creyente reviste características distintas a los ojos de un científico. Este último tratará de descubrir el cómo de la ocurrencia de dicho milagro, la persona de fe en cambio, se preguntará por el sentido ultimo de los acontecimientos, el por qué o para qué.

Teniendo en consideración lo anterior, cabe hacerse la pregunta de si la ocurrencia de milagros en la actualidad no estaría oculta por unilateral visión científico-natural presente en nuestro mundo. Hechos que en la época de Jesús podrían haber sido considerados milagrosos, nuestra visión moderna los reduce a simples productos de la relación causa-efecto. Como consecuencia, el hombre moderno no se pregunta siquiera por el por qué o para qué de la ocurrencia de tal hecho. Ello ocurre incluso en personas creyentes y con profundas convicciones de fe. Nuestra vista se reduce a la causalidad y así, nuestro asombro ante la actuación de Dios en el mundo queda reducida. Es necesario entonces abrir nuevamente los ojos de la fe y ver hoy los actos de Dios a favor de la humanidad que hacen presente el Reino de Dios.

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[1] Cf. Harrison. “Milagro” en Diccionario de Teología.  Editorial Desafío. Grand Rapids, 2002. Pág. 389.

[2] Kasper, W. Jesús el Cristo. Editorial Sígueme. Salamanca, 1998. Pág. 117.

[3] Cf. Ibíd. Pág. 87-88.

[4] Ibíd. Pág. 88.

[5] Cf. Jeremías, J.  Teología del Nuevo Testamento, VOL. I. Editorial Sígueme. Salamanca, 1993. Pág. 116.

[6] Cf. Ibíd. Pág. 115.

[7] Armstrong Cox, S. Jesús de Nazareth: Síntesis de Cristología Bíblica. Colección textos de apoyo para la Docencia de la UCM. Talca, 2005. pág. 47.

[8] Kasper, W. Op. Cit. Pág. 120.

[9] Ibíd. Pág. 121.

[10] Kasper, W. Jesús el Cristo. Editorial Sígueme. Salamanca, 1998. Pág. 109.

[11] Íbid. Pág.112.

[12] Cf. Harrison. “Milagro” en Diccionario de Teología.  Editorial Desafío. Grand Rapids, 2002. Pág. 389.

[13] Kasper, W. Op. Cit. Pág. 113.

[14] Armstrong Cox, S. Jesús de Nazareth: Síntesis de Cristología Bíblica. Colección textos de apoyo para la Docencia de la UCM. Talca, 2005. pág. 46.

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