Repensar el fundamento de la moral cristiana.

Una actitud común en nuestro tiempo es rechazar toda moral que sea heterónoma, es decir, resistir a toda norma moral que sea determinada por algo externo a la razón del ser humano. Hoy sólo es posible fundamentar la moral desde la autonomía, esto es, sólo se pueden postular y sostener normas morales desde la propia reflexión racional, libre de todo dogmatismo religioso. En los círculos fundamentalistas se señala que avalar esta autonomía humana es rechazar la moral bíblica y, por tanto, rechazar al mismo Dios y su voluntad. El ser humano que busca la autonomía sería un ser humano rebelde ante Dios que en realidad sólo busca justificaciones racionales para su vida “pecaminosa”. Sin embargo, hoy muchos cristianos rechazamos la heteronomía moral desde la libertad que nos concede nuestra misma fe y buscamos repensar el fundamento de la moral cristiana desde una posición autónoma que no se cierre ante la realidad de Dios y la religión sino que éstas mismas realidades ayude a superar una autonomía que, en estos tiempos de crisis de la razón, ya no tiene ningún fundamento y cae en un subjetivismo y nihilismo extremo.

Rechazamos la heteronomía no porque rechacemos a Dios y su voluntad, sino porque hoy somos conscientes que lo que muchas veces se presenta como la voluntad del Dios, el totalmente Otro, no es más que la voluntad de otro ser humano que busca normar la conducta a su propia voluntad utilizando textos bíblicos. Esto se hace comúnmente desde lugares de poder sacro como son las jerarquías y puestos eclesiásticos. Consideramos que por esto mismo es necesaria la autonomía, porque la fe, como confianza razonable que es, no debe nunca desplazar a una razón crítica.

Aceptar esta autonomía no es, por tanto, aceptar necesariamente que el ser humano y su razón está obligado a constituirse a sí mismo un fundamento moral. Aceptar la autonomía humana es aceptar que cualquier fundamento que se proponga deber ser validado racionalmente, aunque éste sea tan diverso como las relaciones socio-económicas, el consenso de la sociedad, una revelación religiosa, u otros fundamentos similares. Aceptar la autonomía humana es aceptar que sólo una respuesta que postule fundamentos de forma racional sienta las bases para continuar el diálogo entre seres humanos dotados de razón dialogante.

Ya no es posible que el cristianismo parta de un sistema tradicional de normas morales presuntamente eternas, rígidas e inmutables, que deben ser aceptadas pasivamente y que son auto-validadas desde las mismas creencias cristianas. Es necesario que el cristianismo entre al diálogo ético como una forma de fundamentación más, a la par con las otras religiones y diferentes filosofías de vida.

Si algunos de nosotros todavía sostenemos la fe cristiana como un complemento de la autonomía humana es porque creemos que la ayuda que le presta la fe a la autonomía es muy útil y versa principalmente en tres puntos:

  1. El cristianismo ayuda en el orden del descubrimiento, esto es, la vivencia religiosa cristiana facilitaría la captación de auténticas pautas morales.
  1. El cristianismo ayuda al cumplimiento de las normas morales, esto es, desde la fe la libertad humana se siente iluminada, acompañada y potencializada por la presencia salvadora de Dios.
  2. El cristianismo, al fundamentar la autonomía del hombre en Dios, permite que la autonomía no naufrague en el nihilismo de la permisividad ni degenere en total relativismo.

Para fundamentar la moral cristiana desde esta perspectiva, llamada comúnmente autónoma teónoma, y para que, por tanto, preste una ayuda positiva en el terreno moral, es necesario aceptar dos presupuestos teológicos específicos que desde la fe evangélica latinoamericana tradicional pueden ser problemáticos. En primer lugar, es imprescindible que las comunidades de fe recuperen integra y correctamente el concepto teológico de creación y, en segundo lugar, es necesario superar la concepción fundamentalista de la revelación.

Es necesario recuperar el concepto teológico de creación y eliminar todo dualismo. Desde éste se sostiene que un aspecto de la vida es el religioso, el ámbito sagrado de la vida eclesial con sus creencias, ritos y deberes propiamente religiosos, y otro es el ámbito profano, el ámbito en el que se vive en forma diaria, donde se trabaja, estudia, se divierte, etc. En el lenguaje popular evangélico se le llama “cristiano” al primer ámbito y “secular”, o incluso “carnal”, al segundo. Si llegan a establecerse conexiones entre estos dos ámbitos tienden a ser extrínse­cas, esto es, las actividades diarias o normales de la vida se pueden santificar, “cristianizar”, pero siguen siendo profanas en sí mismas, “seculares”. Se crean, por tanto, dos esferas de intereses, la de Dios y la de los hombres, separados totalmente, y se olvida que, desde una perspectiva histórica, el descubrimiento de la autonomía hunde sus raíces en la conciencia bíblica de la creación, ya que al des-divinizar toda la realidad que no sea Dios, hace posible examinarla y tratarla por sí misma conforme a sus leyes intrínsecas.

El concepto de creación cristiano afirma que Dios crea desde la infinita gratuidad, no para su alabanza ni para su servicio sino para el bien del ser humano y su realización. Dios crea por amor y, por tanto, cumplir su proyecto creador trae como consecuencia para el ser humano la realización del ser y la realización de su ser es cumplir el proyecto creador de Dios. Encontrar aquellas pautas de conducta que llevan a una vida más auténtica y a una convivencia más humana siempre será una tarea del propio ser humano, esto es, encontrar normas morales concretas siempre será una labor que se realice desde la realidad humana y con medios humanos, una tarea autónoma. La perspec­tiva teónoma califica esa autonomía no para negarla, de hacerlo así negaría la misma idea de creación, sino para evitar la ruptura de su relación con lo divino.

Por otra parte, también es necesario superar la concepción fundamentalista de la revelación. Aunque en teología se ha superado la concepción de revelación bíblica a través de un dictado mecánico o experiencias extáticas en los autores, en la imaginación colectiva de los evangélicos, popular y teológica, todavía se piensa que Yavé escribió sus mandatos a Moisés en tablas de piedra o dictó sus leyes a su pueblo por medio de profetas. Se acepta la existencia de un cambio radical en la concepción de la revelación, pero se siguen manteniendo los antiguos esquemas de fondo. Esto hace que los evangélicos utilicen la Biblia como un manual de normas que cubri­rían cada situación específica, de forma literal o a través de principios bíblicos que reducen de forma negativa la misma historia bíblica a principios moralistas.

Las normas morales bíblicas, tanto las del Antiguo Testamen­to como las del Nuevo Testamento, son normas para sus propios contextos histórico-sociales y, por tanto, no cubren toda la gama de problemas morales contemporáneos. Esto no significa que los cristianos puedan desechar la Biblia como guía moral, sino que hay que entenderla dentro de este ámbito de autonomía teónoma que tiene lugar en ser humano como ser creado. La Biblia es uno de los grandes testimonios de cómo el ser humano, desde su propia razón multidimensional, llega a la convicción de la moralidad inherente al ser humano y de principios morales ineludibles. La religión cris­tiana, así como el resto de las religiones universales, cumplen una función heurística, esto es, han ayudado históricamente al descu­brimiento de los principios morales. Aunque es necesario decir que no se puede reducir la religión a la moral, como muchos teólogos y filósofos modernos pensaron.

Hoy se sabe que el proceso por medio del cual se formularon las normas morales no fue literalmente como lo señala la Biblia, sino que las leyes y mandamientos bíblicos brotaron de la experiencia concreta de un pueblo, con sus problemas bien precisos, con abun­dantes influencias externas y con una evolución histórica cambian­te e incluso contradictoria. Dios no dictó nada literalmente sino que fueron los distintos legisladores bíblicos los que, recordando la alianza e impregnados de su espíritu, fueron descubriendo lo que era mejor para el pueblo, aprendiendo a través del diálogo y del entorno, y así reconociéndolo como voluntad de Dios en forma posterior.

Desde esta noción de la Biblia enraizada en el concepto teo­lógico de creación se puede superar el nominalismo que afirma que la moralidad de la acción humana se mide por su correspondencia con la voluntad divina, esto es, es bueno lo que Dios quiere y es malo lo que Dios no quiere. Ahora podemos darnos cuenta que descubrir algo como querido por Dios equivale a reconocerlo como bueno; y descubrirlo como bueno significa reconocerlo como querido por Dios.

Como conclusión podemos señalar que las iglesias evangélicas deberán, por tanto, renunciar a definir, cuidar y sancionar las normas morales en las presentes sociedades autónomas y entrar al dialogo ético de la misma manera que otras instituciones serias y responsables, esto es, argumentando con razones propiamente morales, tan válidas como válidos sean los argumentos en que se apoyen. El cristianismo es un apoyo para fundamentar la moral, a la vez que una ayuda para descubrir y hacer realidad una moral a favor de la humanidad y su realización. Entrará en el diálogo sin renunciar a tradición bíblica, pero la verá y presentará como testimonio de una valiosa autonomía moral que los cristianos ven como aprobada y acompañada por el mismo Dios. Por último, las iglesias protestantes y evangélicas en Latinoamérica deberán aspirar al diálogo teológico y ético dentro de sus instituciones teológicas e, incluso, dentro de sus comunidades de fe locales. La moral debe ser auto-validada desde las mismas bases de convivencia comunal de la fe para que sea efectivamente un instrumento de bienestar y no un aspecto meramente punitivo, de lo contrario, se seguirán encontrando problemas en este ámbito.

Publicado por Lupa Protestante el 22 noviembre de 2011.

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