Hacia una teología pertinente: abogando por una comprensión más amplia de la labor teológica en América Latina.

El cristianismo evangélico latinoamericano ha recibido de herencia una manera demasiado restringida de entender la reflexión teológica. Si se pregunta en las iglesias, e incluso si se pregunta a los mismos pastores, qué es la teología, la mayoría de ellos responderá en una primera instancia apelando a la definición de manual o diccionario diciendo que la teología es el estudio (Lógos) de Dios (Theós). Además relacionarán este estudio de Dios de manera directa con el estudio de la Biblia ya que entienden la Biblia como la Palabra de Dios, esto es, el único libro en donde Dios nos dice cómo es él y qué es lo que desea para la humanidad. Por último, después de todo la anterior, concluirán que la teología es la formulación de doctrinas o enseñanzas acerca de Dios y su voluntad, doctrinas que se extraen directamente de la Biblia. Esta manera de entender la reflexión teológica es una herencia más del cristianismo colonial de nuestra América Latina. Herencia que restringe la labor teológica dentro de nuestra iglesias y que la limita frente al contexto cultural e histórico en que nos encontramos. Si se quiere desarrollar un teología evangélica que sea pertinente para el contexto latinoamericano es necesario superar esta comprensión restringida de lo que es y debe hacer la teología.

José Míguez Bonino en su libro Rostros del protestantismo latinoamericano (1995: Nueva Creación) afirma que el protestantismo llega a Latinoamérica mayormente a través de misioneros norteamericanos y británicos que comparten un mismo horizonte teológico denominado evangélico, por lo que las ideas y actitudes clave de esta teología evangélica modelan la fe y la vida de las congregaciones latinoamericanas. Según Bonino, el protestantismo evangélico del norte confrontaba, en las últimas décadas del siglo XIX, al secularismo, a la ciencia que cuestionaba las creencias consideradas fundamentales para los evangélicos y al liberalismo teológico o modernismo. Estos tres aspectos parecían hacer peligrar la confiabilidad de la Biblia por lo que una de las reacciones del mundo evangélico, no la única, da lugar a lo que se conoce con el nombre de fundamentalismo. Este fundamentalismo recurre a la Escritura como fuente infalible, específica e irrefutable y afirma que toda teología debe fundarse en una lectura literal de la Biblia, esto es, una lectura positiva de la Biblia, como datos objetivos comprobables por la observación y la razón. Debido a esta herencia el evangelicalismo latinoamericano afirmará, por tanto, una inspiración plenaria y verbal de una Biblia inerrable que debe ser leída literalmente.

Es necesario reconocer que si el cristianismo latinoamericano quiere mantenerse dentro de una tradición evangélica siempre deberá relacionar la teología con la Biblia ya que ella es el testimonio de la autorrevelación de Dios. El problema es que se afirma que la teología no debe adoptar ninguna filosofía como base, esquema o aliada ni tampoco debe sucumbir ante los cambios culturales. Se dice que la teología debiera ser bíblica en sentido directo, esto es, la fuente de la teología es y debe ser siempre la Sola Escritura. Hoy, sin embargo, se sabe que la Biblia nunca esta sola, sino que toda lectura de la Biblia se hace desde un contexto personal e histórico determinado. No existe la lectura objetiva de la Biblia ni la interpretación correcta de ella, sino que hay múltiples interpretaciones y múltiples lecturas, cada una con su propio valor. Los reformadores entendieron esto ya que  nunca llegaron al extremo fundamentalista norteamericano en su manera de entender la inerrancia bíblica ni concibieron la lectura literal de la Biblia de la misma manera que ellos.

Para Míguez Bonino uno de los mayores efectos negativos del fundamentalismo extremo en el evangelicalismo latinoamericano ha sido que:

“El reconocimiento de la centralidad de la Palabra bíblica vivificada por el poder del Espíritu Santo se convierte en “bibliolatría” librada a una hermenéutica a la vez arbitraria y racionalista, además de estéril y repetitiva: en lugar del rico tesoro del que “el escriba sabio saca cosas viejas y nuevas”, el estudio de la Biblia deviene un ejercicio de permanente repetición”.[1]

Desde esta influencia negativa fundamentalista se tiende a considerar la teología como la simple exposición o articulación de las doctrinas o “verdades de fe” ya contenidas en la Biblia. El estudio teológico académico consistirá únicamente en el estudio exegético de la Biblia y su articulación en una teología sistemática que da cuenta de las doctrinas cristianas en un rango acotado de disensiones. De ahí que la labor teológica se reduzca a la reflexión sobre las doctrinas bíblicas y su aplicación a los distintos contextos contemporáneos. Para esto se busca articular estas doctrinas en un lenguaje comprensible para cada época. Esta manera de entender la teología hace que sea considerada, tanto por las iglesias como por los pastores, como algo agregado a la fe cristiana e independiente de ella, una agregado que en algunas iglesias evangélicas es considerado indispensable para la misión, pero sigue siendo ajeno a la misma vida de fe.

Sin embargo, puede haber una manera más amplia de entender la labor teológica que esa limitada versión evangélica. Hay que reconocer, en primer lugar, que no se sabe del todo qué significa y qué es la teología, ya que están implicados Dios y el hombre en su totalidad y en su misterio. La teología es paradójica, pues pretende unir dos realidades aparentemente contradictorias. Por un lado esta esa realidad que llamamos Theos, el indefinible por antonomasia, misterio que nos trasciende en su realidad. Por otro lado esta la realidad denominada lógos, esto es, el discurso razonable, la razón que busca el sentido de las cosas, la palabra que por su propia dinámica limita, define y da contornos a una realidad frente a otras.

Aun así, desde la fe cristiana se puede considerar legítima esta unión entre Dios y el lógos humano, esto debido a que Dios ha revelado su proyecto para la humanidad y desde ésta revelación se ha dado a conocer él mismo. Dios se ha autorrevelado en la historia humana y, por ende, mediante el lenguaje humano, por lo que se considera que la labor teológica es posible. Sin duda que desde el cristianismo el argumento más importante para afirmar la posibilidad de la teología es la encarnación de Dios en Jesucristo. Jesús constituye la palabra exhaustiva en la que Dios se da y se expresa como Palabra eterna y definitiva dirigida a los hombres y, por otra parte, Jesús es la palabra de los hombres como respuesta que la humanidad ha de dar a esa palabra y vocación de Dios.

Tomando en cuenta las consideraciones anteriores se puede entender la labor teológica de una forma más amplia. Teología no es sólo la exposición o articulación de la Biblia o la traducción de las doctrinas bíblicas a situaciones o problemas particulares sino que teología es la forma en que el mismo ser humano busca hacer inteligible la propia confianza en la revelación divina que ha tenido lugar en la historia humana. La teología es la fe que busca su propia inteligencia, su propia comprensión, su propia razón, su propio lógos.[2] Con respecto a esto Cordovilla afirma:

“El logos que busca la fe para creer y comprender más y mejor no es un logos ajeno a ella, sino la luz y el logos que la propia fe suscita en el creyente. Aquí no se trata, por tanto, de una razón racional propia de la filosofía, ni mucho menos de la razón instrumental propia de las ciencias experimentales, sino de una razón creyente que ofrece una certeza e inteligibilidad propias de la mirada espiritual y no la certeza racional propia del pensamiento discursivo.”[3]

Es necesario señalar también que la teología quiere ser expresión de la apertura radical y la búsqueda crítica del ser humano hacia la verdad, por lo que si quiere cumplir esto a cabalidad debe estar en constante diálogo con la filosofía y las ciencias humanas. Si la teología cristiana se cierra en su propia particularidad histórica y en sus propios dogmas corre el riesgo de ser convertida en ideología. La teología en sí misma debe ser por tanto interdisciplinaria.

Desde esta manera de entender lo que es la teología se puede entender la misma Biblia como teología. La Biblia es una de las formas en que el mismo ser humano ha buscado hacer inteligible la propia confianza en la autorrevelación de Dios a través de la historia humana. La Biblia es la articulación en un lógos narrativo de la experiencia de fe de los judíos y primeros cristianos. Por tanto la Biblia es ya una teología contextualizada, una manera de dar razón de la fe y la esperanza a través de un lógos narrativo y no definido conceptualmente, un lógos que muchas veces escapa a toda sistematización. Desde el comienzo los primeros cristianos entendieron que seguir a Jesús no es estar ya en posesión de la absoluta verdad sino ir de camino, explorando lo que significa vivir en armonía con Dios y su creación, incluidos todos los seres humanos, en ese seguimiento diario. En esta exploración, en este ir de camino, ya esta presente inevitablemente la teología.

De ahí que no tiene sentido reducir la teología a la mera repetición de la Biblia, cuando la Biblia misma es ya teología. Teología es la experiencia de fe que busca entenderse a si misma, para ello es necesario repensar desde el propio contexto histórico, cultural y geográfico, la experiencia de fe de los primeros cristianos, esto es, ponerse en línea con esa experiencia narrada en la Biblia, respetando esa rica tradición, y reflexionando de esta manera sobre la actual experiencia de fe. La Biblia es la ayuda para dar el punto de partida, es el canon que no permite caer en el orgullo de creer ser el primero en seguir a Jesús y, por tanto, enseña que se debe estar atento a lo que otros experimentaron en el pasado y a partir de ellos entender la propia realidad. Es eso lo que los reformadores vieron en la Biblia, la ayuda para ir en camino de reforma, en camino de un mejor seguimiento de Jesús.

Esa rica tradición teológica narrativa que contiene la Biblia permite entender que ni Dios ni la experiencia de relación con él se puede encuadrar en una total y absoluta sistematización. Las llamadas doctrinas fundamentales son maneras válidas de comprender esa fe en un contexto determinado, pero no pueden absolutizarse ni menos divinizarse, pensando que su negación es negar a Dios. Las doctrinas cristianas fundamentales son ya teología y, por tanto, comprensión humana de la fe sujeta a constantes cambios contextuales. En teología el fin último no son los conceptos elaborados en determinadas épocas, sino la realidad que buscan esclarecer, y en la medida en que cambia el contexto histórico, cultural o geográfico, los conceptos que una vez hacían comprender mejor la propia fe se pueden volver obscuros y en algunos momentos tan negros que ya no iluminan la realidad de Dios y la experiencia de vivir en armonía con él, sino que la ocultan.

Cada generación de cristianos debe reflexionar y hacer inteligible su propia fe para si mismo y para los demás, en su contexto histórico particular. Concluimos con Cordovilla:

“Todo época se encuentra en una relación de inmediatez con Dios; además, tiene la responsabilidad de dar una respuesta propia a la Palabra mediante la cual Él mismo se revela en persona y expresa la plenitud de nosotros mismos. Por lo tanto, tenemos cada uno la responsabilidad de responder a esta pregunta directamente, en inmediatez de realidad, sin largas digresiones históricas que terminen convirtiéndose en justificaciones científicas y que, sin embargo, nos alejan de la realidad de Dios y de nuestra vida.”[4]

[1] Míguez Bonino, José. Rostros del protestantismo latinoamericano. Editorial Nueva Creación. 1995. Pág. 52.
[2] De San Anselmo proviene comprender la teología como la fe que busca su propia inteligencia, “Fides quaerens itellectum” que remite a su vez a San Agustín, “Credo ut intelligam”.
[3] Cordovilla Pérez, Ángel. El ejercicio de la teología: Introducción al pensar teológico y sus principales figuras. Ediciones Sígueme. 2007. Pág. 27.
[4] Ibíd. Pág. 12.

Publicado por Lupa Protestante el 10 de Junio de 2010.

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