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Lunes 6 de Abril, 2015

Actualmente soy Pastor de la Iglesia Anabautista Menonita de Quito en Ecuador. Las razones que tengo para desarrollar dicho trabajo están ligadas a mi fe cristiana y a mi identidad anabautista, entre otras cosas. Pero creo que no puedo ser consciente explícitamente de estas razones si no las pongo por escrito. Es por esto que me gustó la sugerencia de Laura Abate de explicar las razones por las que participo en una iglesia “institucional”.  No voy a explicar lo qué es el anabautismo en un sentido histórico, para ello ustedes pueden consultar distintas fuentes en internet. Lo que voy a hacer es tratar de explicar, en varios post pero de forma breve, las razones por las que soy anabautista y por las que participo en una denominación bajo dicha tradición. De más está decir que el anabautismo, como toda la realidad, está sujeto a interpretación. Es por ello que las justificaciones sobre mi identidad anabautista están acompañadas, inevitablemente, de mi propia interpretación de dicha identidad y resaltarán los aspectos teológicos que más me atraen de ella.

Me identifico con el anabautismo porque afirma que lo más importante en el cristianismo es el etos, esto es, el modo o la forma de vivir, más que las creencias o doctrinas que se tienen. De ahí que considero que el cristianismo es realmente “seguimiento de Jesús”. Vivir como Jesús, en la comunidad de sus seguidores, donde se vive en la realidad del Reino de Dios, desde la gracia del mismo Dios y no desde el esfuerzo humano. Es por esto que entiendo el cristianismo más como un movimiento religioso o como una espiritualidad. Aunque debo confesar que no me agrada el concepto de “espiritualidad”, muy de moda por estos días, por ser demasiado ambiguo, pues, al contrario de lo que la palabra puede sugerir, la verdadera espiritualidad cristiana no es algo abstracto, interior, ni individualista. Seguir a Jesús es una forma de vida concreta que se realiza en la historia y junto a otros seres humanos. Creo efectivamente que el silencio y la meditación interior tienen cierto un lugar dentro del seguimiento, pero sin la palabra profética, de anuncio y denuncia en acción, y sin la relación con otros/as, no hay verdadero seguimiento.

Si se trata de seguir a Jesús hoy entonces no es posible pensar que dicho seguimiento tiene que ver con algunas actitudes o conductas preestablecidas en un tiempo pretérito, ni menos con ciertas proposiciones o creencias que tienen que ser afirmadas, para que luego, pasar de la teoría a la práctica. Es por esto que para entender lo que es cristianismo la tradición anabautista ocupa recurrentemente la imagen del camino. Seguir a Jesús es transitar por un camino en el que no se sabe la ruta específica ni menos donde éste termina. En el camino vamos conociendo la ruta y confiando en que nos lleve a un buen término. Hans Deck, un antiguo líder anabautista, afirmaba: “Nadie puede conocer a Jesús a menos que lo siga, y nadie puede seguirlo a menos que lo conozca”. El seguimiento es en sí paradójico pues implica, dentro de sí, el conocimiento del camino o de la persona a quien se sigue, pero sólo se puede estar en presencia de la persona, o con los pies en el camino, si se sigue efectivamente a dicha persona y si se dan los primero pasos en el camino.

En este aspecto, uno de los puntos que más me llaman la atención del anabautismo es que afirma que para saber cómo se sigue a Jesús hoy, o como se camina el camino, es necesario dialogar con toda la iglesia, la presente y la histórica, la local y la universal. La iglesia presente dialoga con la iglesia histórica desde la hermenéutica comunitaria de la Biblia. En este aspecto yo creo que el anabautismo “da en el clavo” cuando sostiene la primacía de la comunidad y no la primacía de un texto. Para mí, la Revelación no acontece en un libro sino en una comunidad abierta al seguimiento de Jesús, es esa comunidad que escucha al Dios de Jesús desde su mismo preguntarse por el camino concreto del seguimiento. Esto es obvio además porque dicho texto, la Biblia, fue escrito por la misma iglesia. Además, la iglesia presente que dialoga con el pasado es, inevitablemente, una iglesia local y visible, es por esto que debe estar atenta a lo que otras comunidades de fe, locales y visibles, entienden por el seguimiento de Jesús hoy. Así, el diálogo debe realizarse también con la iglesia universal invisible, sólo visibilizada en comunidades locales de seguimiento. Es sólo en este diálogo, constante y diario en el caminar, que es posible dejarse guiar por Dios y su Espíritu, presente de manera evidente en la comunidad de caminantes en la fe.

Yo sigo a Jesús hoy, soy cristiano hoy, pues creo que en este camino encuentro salvación. Respeto el hecho de que hayan otras personas que encuentren salvación en otros caminos, siguiendo a otros/as maestros/as. Es más, creo que eso es efectivamente posible. Sin embargo, para mi la salvación, esto es, la plenitud de ser se hace real y posible en el camino de Jesús. Plenitud que en la tradición anabautista no se deja sólo para el final, sea de la propia vida o del mundo en su totalidad. Ser salvo en la tradición anabautista es la posibilidad de vivir como Jesús, siendo una señal del Reino de Dios, que algún día tendrá su plenitud. Ser salvo es vivir aquí y ahora en relaciones restauradas con Dios, con el prójimo y con la naturaleza. La salvación es algo que se debería ver en el presente, y que la misma carencia de dicho presente nos haga esperar una plenitud de ella, pero de algo que ya está, aquí y ahora.

Ésta es una síntesis del porqué de mi identidad anabautista que comparto para comenzar la reflexión, sabiendo que es necesario detenerse más en varios de estos puntos y explicar a cabalidad muchas más cosas. Espero poder hacerlo en las próximas semanas.

LMT.

Domingo 5 de Abril, 2015

En su libro The Last Week, John Dominic Crossan y Marcus Borg tienen buenas razones para afirmar que los relatos de la resurrección de Jesús no son históricos, y aunque la mayoría de los/as cristianos/as no lo sepan, dicha afirmación es apoyada por la mayoría de los biblistas hoy. Los evangelios no son historiografía sino teología, relatos que intentan transmitir el significado religioso de la resurrección de Jesús. Los evangelios intentan animar la fe de los primeros discípulos, no son “panfletos”, es decir, no son escritos destinados a “convencer” a los que no aceptan la fe cristiana. Al respecto me llamó la atención la siguiente cita que leí ayer:

Seeing the Easter stories as parable does not involve a denial of their factuality. It’s quite happy leaving the question open. What it does insist upon is that the importance of these stories lies in their meanings, to say something that sounds almost redundant. But we risk redundancy because of the importance of the statement. To illustrate, an empty tomb without meaning ascribed to it is simply an odd, even if exceptional, event. It is only when meaning is ascribed to it that it takes on significance. This is the function of parable and parabolic language. Parable can be based on an actual event (there could have been an actual good Samaritan who did what the character in Jesus’s parable is reported to have done), but it need not be. (P. 193)

Crossan y Borg no afirman la no historicidad de la resurrección de Jesús, como se puede observar en la cita, pues como señalan, la pregunta queda abierta. Aun si los relatos de pascua se pueden entender como parábolas, todavía pueden ser parábolas basadas en eventos reales. Lo que Crossan y Borg defienden es una buena lectura de los evangelios. Una lectura que nos lleve al significado teológico de los relatos resurrección para no sólo quedarnos en la superficialidad del evento de la resucitación de un cuerpo. Evento que incluso en la misma Biblia se repite en otros personajes. Sólo presentando el significado teológico de la resurrección de Jesús es posible decir que dicha resurrección es una buena noticia, pertinente para nuestro mundo y nuestra época.

LMT.

Jueves 2 de Abril, 2015

Hace un mes comencé a impartir un curso sobre teología sistemática en el Seminario Teológico Bautista de Ecuador. El tema central del curso ha sido la cristología. Esto me hizo recordar algunas antiguas reflexiones personales sobre el significado teológico de la muerte de Jesús, lo que también dio lugar a algunas reflexiones actuales que comparto a continuación.

En los círculos evangélicos conservadores y fundamentalistas se ha buscado definir la obra salvadora de Dios en Jesucristo de forma tan precisa que sólo una interpretación de su muerte, la llamada teoría de la satisfacción de San Anselmo, es considerada como la única ortodoxa. Ésta teoría pone el acento sólo en la muerte de Jesús y deja de lado su vida y su resurrección. Afirma que la razón principal de la muerte de Jesús fue remover la barrera o separación que el pecado creó entre Dios y los seres humanos. Esta barrera se entiende como algo “objetivo”, esto es, algo que esta fuera del ser humano, en el orden moral de la realidad misma. La muerte de Cristo se interpreta como una satisfacción ofrecida a Dios que le permite a este perdonar el pecado y romper esa barrera. El ser humano no podría por sí mismo romper esta barrera, ya que es pecador, por lo que Dios debe hacerse hombre y morir en lugar del ser humano, para así eliminar esta separación. Se afirma que aceptando por fe (y la fe en este punto se ha reducido a una mera afirmación intelectual) este hecho “objetivo” es lo que hace que una persona sea cristiana, y por tanto, salva.

Si bien no quiero tratar en esta oportunidad todas las interrogantes que esta teoría nos deja, no puedo dejar de mencionar el hecho de que en ella Dios parece estar subordinado al orden moral que el mismo ha creado. Dios parece estar obligado a tal punto a respetar el orden que ha creado que debe él mismo morir por ello si quiere liberar al ser humano de este orden. Esto me parece bastante ilógico y aberrante, pero hay muchos cristianos que lo creen. Lo que más me asombra de esta interpretación de la muerte de Jesús es que, increíblemente, la mayoría de los cristianos evangélicos ignoran que la teoría de San Anselmo (1033- 1109) es sólo una entre muchas, ignoran además que su formulación sólo apareció mil años después de los orígenes de la iglesia. Ignoran que sobre ésta y otras interrogantes teológicas se continúa discutiendo hasta hoy. Nunca hubo una sóla teoría teológica, ni menos una única teoría considerada ortodoxa.

En su libro La obra redentora de Cristo y la misión de la iglesia, Juan Driver nos enseña que en la Biblia no hay una definición de la muerte de Jesús sino una pluralidad de imágenes:

Antes que ofrecer simplemente definiciones dogmáticas formales, los escritores del Nuevo Testamento emplearon una serie de imágenes (figuras) para describir la obra salvadora de Cristo e interpretar su significado. Mientras que los lectores occidentales modernos tienden a preferir definiciones literales y teorías convincentes que clarifiquen su compresión del problema, el enfoque bíblico no es así. (Pág. 16)

Driver señala más de diez imágenes de la obra redentora de Cristo que se la Biblia nos ofrece. La imagen de la justificación (que no se puede entender de forma idéntica a la teoría de San Anselmo) es sólo una entre muchas. Durante mucho tiempo muchas personas en el mundo cristiano evangélico han presumido de comprender mejor a Dios y sus acciones, al contrario de otras tradiciones cristianas, pero lo que en realidad han hecho es reducir la obra liberadora de Jesús a cierto antojo y capricho personal y grupal. Han decidido quién se salva y quién se pierde, han llamado hereje a todo aquel que no está de acuerdo con ciertas definiciones y han tratado de encasillar a Dios en una forma de actuar. Sin embargo, la Biblia nos muestra que en la pluralidad de las imágenes está la verdad de Jesucristo, nos muestra que si la obra salvadora es de Dios y no nuestra, nunca la podremos definir del todo. Qué bueno, porque nuestras definiciones de Dios y lo que hace para salvarnos pueden ser tan estrechas que por seguir nuestra lógica  Dios se transforma en un ser aberrante, impotente y cruel. La Biblia nos regula en este caso, no para estrechar nuestras definiciones sino para librarnos de ellas, para extender los límites de la acción liberadora al punto en que nosotros no tengamos el control de ella, sino sólo Dios.

Ayer escuchando un podcast de Homebrewed Christianity sobre el último libro de Tony Jones, sobre la interpretación teológica de la muerte de Jesús (Did God Kill Jesus?), él mencionó que realmente en la historia del cristianismo nunca se ha llegado a una única interpretación de la muerte de Jesús, sino que las distintas teorías surgieron gracias a distintas preguntas del contexto en que nacieron. Obvio que después de eso uno terminar pensado en cuáles son las preguntas que hoy tenemos en las que podemos buscar en la obra de Jesús una respuesta. Por supuesto, creo que la respuesta hay que buscarla en toda la persona y obra de Jesús, y no sólo en su última semana. Creo que una de estas preguntas puede ser: “¿Cómo lograr una vida plena en un mundo que sacrifica y crucifica a muchos seres humanos semana tras semana?” “¿Qué quiere decir para nosotros hoy la promesa de Jesús al malhechor de que hoy es posible estar en otro mundo, en el paraíso?”.

LMT.