Dos blogs, morbo y desafío.

Agosto 9, 2009

Hay dos blogs que usualmente sigo en mis lecturas por la Web. Los dos tratan temas sobre Dios, la religión y el cristianismo y están escritos por personas que parecen creer en lo que publican. Uno me resulta chocante y hasta repulsivo y parece que lo leo por puro morbo, mientras que el otro me resulta desafiante y hasta entretenido. Lo que me parece extraño es que el que me desagrada rotundamente es el que esta escrito por una persona que se dice así misma cristiana y que escribe sobre temas bíblicos y doctrinales. El otro, el que me agrada, es un blog que defiende el ateismo, escrito por un periodista argentino.

Creo que la razón de mi agrado es que en el blog ateo se defiende la liberad de pensamiento y autonomía, cosas con las cuales estoy en completo acuerdo, y además me desafía a pensar mi fe. Aunque no estoy de acuerdo con algunas cosas que señalan algunos ateos, como por ejemplo que la creencia en Dios es irracional, al igual que las religiones que serían producto de los miedos y proyecciones del ser humano, si creo que todos debemos tener la libertad de opción o no-opción religiosa y considero que ha Dios no se le debe dar por sentado así no más, pues puede que se este creyendo en un ídolo.

He llegado a entender que la razón de mi desagrado con el segundo blog, el blog “cristiano”, es que parece estar en contra de la libertad de pensamiento y autonomía. Dios estaría imponiendo su Palabra en la Biblia, imponiendo su voluntad a todo ser humano, aplastando por completo su autonomía. Por su puesto, para esta persona su opinión es la opinión de Dios, su doctrina es LA doctrina y su interpretación de la Biblia no es tal, sino que es una lectura objetiva de la Biblia que nosotros, los herejes, los perdidos, no entendemos. Si, no lo soporto.

¿Es curioso no? el blog cristiano hace salir lo peor de mi, pues tanta intolerancia me resulta a momentos intolerable. Mientras que el blog ateo anima mi deseo de libertad, de autonomía, y de diálogo desafiante. Parece acercarme más a la teología y a la filosofía y me hace dejar mis ídolos y comenzar a caminar humildemente hacia el Padre. ¿Qué curioso no? el blog ateo parece que me hace mejor. ¿Querrá decir que tiene una doctrina más sana? Curioso…


Qué es y por qué hacer teología. Una perspectiva amplia

Febrero 18, 2009

El cristianismo evangélico latinoamericano ha recibido de herencia una manera limitada de entender la labor teológica, se  la ha entendido como la mera repetición de la Biblia cuya enseñanza se formula en doctrinas consideradas fundamentales. Si se quiere desarrollar un teología evangélica que sea pertinente para el contexto latinoamericano es necesario superar esta comprensión restringida de lo que es y debe hacer la teología.

El protestantismo llega a Latinoamérica mayormente a través de misioneros norteamericanos y británicos que comparten un mismo horizonte teológico denominado evangélico, por lo que las ideas y actitudes clave de esta teología evangélica modelan la fe y la vida de las congregaciones latinoamericanas. El protestantismo evangélico del norte confrontaba, en las últimas décadas del siglo XIX, el secularismo, la ciencia que pone en entredicho creencias consideradas fundamentales y el liberalismo teológico o modernismo. Estos tres aspectos parecían hacer peligrar la confiabilidad de la Biblia por lo que una de las reacciones del mundo evangélico, no la única, da lugar a lo que se conoce con el nombre de fundamentalismo. Este fundamentalismo recurre a la Escritura como fuente infalible, específica e irrefutable y afirma que toda teología debe fundarse en una lectura literal de la Biblia, esto es, una lectura positiva de la Biblia, como datos objetivos comprobables por la observación y la razón. El evangelicalismo latinoamericano afirmará, por tanto, una inspiración plenaria y verbal de una Biblia inerrable que debe ser leída literalmente.

Se reconoce que desde la tradición evangélica siempre se debe relacionar la teología con la Biblia, ella es el testimonio de la autorrevelación de Dios. Debido a esto se dice que la teología no debe adoptar ninguna filosofía como base, esquema o aliada sino que debe ser bíblica en sentido directo, esto es, la fuente de la teología es la Sola Escritura. En esta teología su razón o logos esta precedido, acompañado, informado y corregido por el estudio bíblico, es la razón al servicio de una teología bíblica. Hoy, sin embargo, se sabe que la Biblia nunca esta sola, sino que toda lectura de la Biblia se hace desde un contexto personal e histórico determinado. No existe la lectura objetiva de la Biblia ni la interpretación correcta de ella, sino que hay múltiples interpretaciones y múltiples lecturas, cada una con su propio valor. Los reformadores entendieron esto ya que  nunca llegaron al extremo fundamentalista norteamericano en su manera de entender la inerrancia bíblica ni concibieron la lectura literal de la Biblia de la misma manera que ellos. Para Míguez Bonino, uno de los mayores efectos negativos del fundamentalismo extremo en el evangelicalismo latinoamericano ha sido que:

El reconocimiento de la centralidad de la Palabra bíblica vivificada por el poder del Espíritu Santo se convierte en “bibliolatría” librada a una hermenéutica a la vez arbitraria y racionalista, además de estéril y repetitiva: en lugar del rico tesoro del que “el escriba sabio saca cosas viejas y nuevas”, el estudio de la Biblia deviene un ejercicio de permanente repetición; [1]

Desde esta influencia negativa fundamentalista se tiende a considerar la teología como la simple exposición o articulación de las doctrinas o “verdades de fe” ya contenidas en la Biblia. El estudio teológico académico consistirá únicamente en el estudio exegético de la Biblia y su articulación en una teología sistemática que da cuenta de las doctrinas cristianas en un rango acotado de disensiones. De ahí que la labor teológica se reduzca a la reflexión sobre las doctrinas bíblicas y su aplicación a los distintos contextos contemporáneos. Para esto se busca articular estas doctrinas en un lenguaje comprensible para cada época. Esta visión de la teología la considera como algo agregado a la fe cristiana e independiente de ella, una agregado que en algunas iglesias evangélicas es considerado indispensable para la misión, pero aun algo ajeno a la misma vida de fe.

Sin embargo, hay una manera más amplia de entender la labor teológica que esa limitada versión evangélica. Hay que reconocer, en primer lugar, que no se sabe del todo qué significa y qué es la teología, ya que están implicados Dios y el hombre en su totalidad y en su misterio. La teología es paradójica pues pretende unir dos realidades aparentemente contradictorias. Por un lado esta esa realidad que llamamos Theos, el indefinible por antonomasia, misterio que nos trasciende en su realidad. Por otro lado esta la realidad denominada lógos, esto es, el discurso razonable, la razón que busca el sentido de las cosas, la palabra que por su propia dinámica limita, define y da contornos a una realidad frente a otras.

Desde el cristianismo se considera legítima esta unión entre Dios y el lógos humano debido a que Dios a revelado su proyecto para la humanidad y desde ésta revelación se ha dado a conocer él mismo. Dios se ha autorrevelado en la historia humana y, por ende, mediante el lenguaje humano, por lo que se considera que la labor teológica es posible. Sin duda que desde el cristianismo el argumento más importante para afirmar la posibilidad de la teología es la encarnación de Dios en Jesucristo. Jesús constituye la palabra exhaustiva en la que Dios se da y se expresa como Palabra eterna y definitiva dirigida a los hombres y, por otra parte, Jesús es la palabra de los hombres como respuesta que la humanidad ha de dar a esa palabra y vocación de Dios.

Tomando en cuenta las consideraciones anteriores se puede entender la labor teológica de una forma más amplia. Teología no es sólo la exposición o articulación de la Biblia o la traducción de las doctrinas bíblicas a situaciones o problemas particulares sino que teología es la forma en que el mismo ser humano busca hacer inteligible la propia confianza en la revelación divina que ha tenido lugar en la historia humana. La teología es la fe que busca su propia inteligencia, su propia comprensión, su propia razón, su propio lógos.[2] Con respecto a esto Cordovilla afirma:

El logos que busca la fe para creer y comprender más y mejor no es un logos ajeno a ella, sino la luz y el logos que la propia fe suscita en el creyente. Aquí no se trata, por tanto, de una razón racional propia de la filosofía, ni mucho menos de la razón instrumental propia de las ciencias experimentales, sino de una razón creyente que ofrece una certeza e inteligibilidad propias de la mirada espiritual y no la certeza racional propia del pensamiento discursivo.[3]

Es necesario señalar también que la teología quiere ser expresión de la apertura radical y la búsqueda crítica del ser humano hacia la verdad, por lo que si quiere cumplir esto a cabalidad debe estar en constante diálogo con la filosofía y las ciencias humanas. Si la teología cristiana se cierra en su propia particularidad histórica y en sus propios dogmas corre el riesgo de ser convertida en ideología. La teología en sí misma debe ser por tanto interdisciplinaria.

Desde esta manera de entender lo que es la teología se puede entender la misma Biblia como teología. La Biblia es una de las formas en que el mismo ser humano ha buscado hacer inteligible la propia confianza en la autorrevelación de Dios a través de la historia humana. La Biblia es la articulación en un lógos narrativo de la experiencia de fe de los judíos y primeros cristianos. Por tanto la Biblia es ya una teología contextualizada, una manera de dar razón de la fe y la esperanza a través de un lógos narrativo y no definido conceptualmente, un lógos que escapa a toda sistematización. Desde el comienzo los primeros cristianos entendieron que seguir a Jesús no es estar ya en posesión de la absoluta verdad sino ir de camino, explorando lo que significa vivir en armonía con Dios y su creación, incluidos todos los seres humanos, en ese seguimiento diario.

De ahí que no tiene sentido reducir la teología a la mera repetición de la Biblia, cuando la Biblia misma es ya teología. Teología es la experiencia de fe que busca entenderse a si misma, para ello es necesario repensar desde el propio contexto histórico, cultural y geográfico, la experiencia de fe de los primeros cristianos, esto es, ponerse en línea con esa experiencia narrada en la Biblia, respetando esa rica tradición, y reflexionando de esta manera sobre la actual experiencia de fe. La Biblia es la ayuda para dar el punto de partida, es el canon que no permite caer en el orgullo de creer ser el primero en seguir a Jesús y, por tanto, enseña que se debe estar atento a lo que otros experimentaron en el pasado y a partir de ellos entender la propia realidad. Es eso lo que los reformadores vieron en la Biblia, la ayuda para ir en camino de reforma, en camino de un mejor seguimiento de Jesús.

Esa rica tradición teológica narrativa que contiene la Biblia permite entender que ni Dios ni la experiencia de relación con él se puede encuadrar en una total y absoluta sistematización. Las llamadas doctrinas fundamentales son maneras válidas de comprender esa fe en un contexto determinado, pero no pueden absolutizarse ni menos divinizarse, pensando que su negación es negar a Dios. Las doctrinas cristianas fundamentales son ya teología y, por tanto, comprensión humana de la fe sujeta a constantes cambios contextuales. En teología el fin último no son los conceptos elaborados en determinadas épocas, sino la realidad que buscan esclarecer, y en la medida en que cambia el contexto histórico, cultural o geográfico, los conceptos que una vez hacían comprender mejor la propia fe se vuelven obscuros y en algunos momentos tan negros que ya no iluminan la realidad de Dios y la experiencia de vivir en armonía con él, sino que la ocultan.

Cada generación de cristianos debe reflexionar y hacer inteligible su propia fe para si mismo y para los demás, en su contexto histórico particular. Con respecto a esto Cordovilla afirma:

Todo época se encuentra en una relación de inmediatez con Dios; además, tiene la responsabilidad de dar una respuesta propia a la Palabra mediante la cual Él mismo se revela en persona y expresa la plenitud de nosotros mismos. Por lo tanto, tenemos cada uno la responsabilidad de responder a esta pregunta directamente, en inmediatez de realidad, sin largas digresiones históricas que terminen convirtiéndose en justificaciones científicas y que, sin embargo, nos alejan de la realidad de Dios y de nuestra vida.[4]

Porque en humildad se reconoce que Dios y su Reino, Jesús y su buena noticia de la llegada del Reino de Dios, nunca se podrá comprender y delimitar del todo es que se hace teología. Porque se quiere responder a la voluntad de Dios en obediencia hoy es que se hace teología.


[1] Míguez Bonino, José. Rostros del protestantismo latinoamericano. Editorial Nueva Creación. 1995. Pág. 52.

[2] De San Anselmo proviene comprender la teología como la fe que busca su propia inteligencia, “Fides quaerens itellectum” que remite a su vez a San Agustín, “Credo ut intelligam”.

[3] Cordovilla Pérez, Ángel. El ejercicio de la teología: Introducción al pensar teológico y sus principales figuras. Ediciones Sígueme. 2007. Pág. 27.

[4] Ibíd. Pág. 12.


Comprender los milagros hoy (Segunda parte).

Octubre 19, 2008

Siguiendo con el tema de los milagros comenzado en el post anterior, este post se enfocará principalmente en el problema de cómo aceptar y entender los milagros hoy.

En la actualidad cualquier hecho extraordinario o inexplicable es sometido al análisis de la mentalidad moderna. Para ella todo hecho tiene una causa, por más extraño e inexplicable que parezca. El pensamiento moderno considera que la naturaleza se guía por leyes, comportamientos regulares identificados. Dicha situación produce que cualquier acontecimiento que no pueda ser explicado por leyes naturales conocidas no necesariamente se considere obra divina, sino un mero vacío en el conocimiento científico del mundo. “Un acontecimiento extraordinario apenas si se contempla con asombro como milagro , sino que se le rebaja a objeto aclarable por principio”[1].

La realidad expuesta genera consecuencias cuando se trata de los milagros de Jesús. En la actualidad es necesario replantear el concepto de milagro como tal.

Tradicionalmente el milagro se ha entendido como “acontecimiento perceptible que supera las posibilidades naturales, que es causado por la omnipotencia de Dios quebrantando o, al menos, eludiendo las causalidades naturales, sirviendo, por tanto, de confirmación respecto de la palabra reveladora”[2]. Los que aun sostienen esta definición tradicional de milagro, como Harrison, afirman que la creación no puede ser entendida como algo que opera por si mismo en forma continua, teniendo todos los acontecimientos anteriores y posteriores entrelazados. El orden de la naturaleza no es algo riguroso, no es una camisa de fuerza en la que Dios se encuentra irremediablemente atrapado. Ellos afirman que la naturaleza es plástica en las manos de su creador soberano.[3] Los milagros son vistos como parte de la obra salvadora de Dios que actuó sobrenatural o anormalmente para destruir las consecuencias del pecado en la creación. Los milagros serían actos de poder como signos de gracia y superación del orden natural.

Como se puede apreciar esta definición de milagro contradice claramente el pensamiento moderno, al hacer del actuar milagroso de Jesús algo que quebrantaría la relación de causa-efecto propia de las leyes naturales. Además la mayoría de los cristianos creemos que el orden natural del mundo no es algo ajeno a la voluntad de Dios sino es algo creado por su voluntad perfecta. Si Dios luego actúa en el mundo sobrenatural o anormalmente, como señala Harrison, Dios se contradice a sí mismo.

Una primera crítica que se le puede hacer a dicho concepto de milagro es que para poder establecer que la omnipotencia de Dios quebranta o elude las causalidades naturales sería necesario conocer de antemano todas las leyes de la naturaleza. Únicamente concretado esto sería posible afirmar que un hecho es causado inmediatamente por Dios. Sin embargo, como tal conocimiento acabado de las leyes naturales no existe, no se puede afirmar que un determinado hecho constituye un milagro.

Sumado a lo anterior, si existieran hechos así, desprovistos completamente de las relaciones naturales de causa y efecto, y, por lo mismo, capaces de ser comprobados claramente como un acto divino, entonces al ser humano no le quedaría más que creer en Dios, forzando así su fe y suprimiendo entonces la libre decisión.

Debido a las razones anteriores, creo que es necesario prescindir del concepto de milagro como superación de las leyes de la naturaleza para volver al sentido originario de milagro bíblico. Al presenciar los milagros el hombre antiguo no dirige su atención a las leyes de la naturaleza, sino que dirige su atención hacia Dios, creador de ella.  Por tanto la cuestión de los milagros en la Biblia no se presenta como un problema relacionado con las ciencias naturales, sino como una cuestión religiosa y teológica. Los milagros se puede ver desde la perspectiva de las ciencias como hechos de causa y efecto o se pueden ver a través de la fe como hechos salvadores de Dios. Kasper pone el siguiente ejemplo:

Según se diga: “Una depresión causa viento del este” o “Dios provocó viento del este”, nos estamos moviendo en un terreno lingüístico y de contenido totalmente distinto. La primera sentencia se mantiene en el terreno de lo constatable, mientras que la segunda remite al origen trascendental y al significado religioso de tal acontecimiento constatable. En ambos casos se habla del mismo acontecimiento de un modo y desde una perspectiva totalmente distinta, de manera que ambas proposiciones no pueden ser contrapuestas la una a la otra, pero tampoco se pueden nivelar.[4]

El milagro es interpretado por el hombre como tal al ocurrir en un tiempo y lugar determinado que hacen que su mirada se detenga no sólo en el cómo de tal milagro sino en el para qué. Ese acto que incluso puede tener una relación causa efecto bien definida se asume como manifestación del Reino de Dios para su salvación. Por ejemplo, una persona cuya enfermedad física terminal ha sido eventualmente sanada podría considerar aquello como producto de la causalidad, atribuyendo su sanación a los fármacos recetados por su médico. Una persona de fe, sin dejar de lado el efecto que aquellos fármacos hayan tenido en su recuperación, podría además considerar milagrosa su recuperación, atribuyéndola en última instancia a la voluntad divina.

Otro ejemplo, esta vez tomado del Antiguo Testamento, es el paso de los Israelitas por el Mar Rojo (Mar de las Cañas). Se puede decir que el hecho objetivo del mar seco se produjo por una causa natural ya que el mismo texto bíblico dice que el viento sopló toda la noche y lo secó, además por ser específicamente el Mar de las cañas sabemos hoy que fue probablemente un mar de poca profundidad. Sin embargo lo que hace que los Israelitas lo interpreten como un acto liberador de parte de Dios es su mirada de fe, su mirada teológica. Ellos vieron e interpretaron ese mar seco como un acto milagroso de Dios debido al momento en que se produce, es la mirada interpretativa de la fe que sobrepasa la mirada objetiva empírica. Muchos vemos e interpretamos los hechos objetivos de nuestra vida de la misma forma hoy. Debido a mi confianza en Dios veo su poder liberador en mi vida y el mundo donde otros simplemente ven coincidencias.

Estoy de acuerdo con Sergio Armstrong en que Dios no actúa directamente en el mundo, sino que usa intermediarios. Dios no es una causa mas dentro del mundo, no actúa en el conjunto de las causas mundanas encadenadas entre sí, sino que él es quien lo sostiene todo y por tanto su acción está en otro nivel. Debido a esto, la constatación de la acción divina sólo puede hacerla la fe, nunca es posible “probar”esa acción.[5]

Por tanto el milagro sería mejor definido como un hecho que provoca asombro y sorpresa en la persona que tiene fe pues su mirada trasciende las relaciones causales y interpreta esos hechos como signos de salvación de Dios debido al momento y lugar determinado en que se producen.

Como he señalado, los hechos considerados milagrosos pueden ser vistos desde dos puntos de vista, no necesariamente excluyentes entre sí. Desde el punto de vista de las ciencias naturales, estos son vistos como productos de la causalidad, a pesar de muchas veces no tenemos en la actualidad una explicación satisfactoria a lo ocurrido. Por otro lado, desde el punto de vista de la fe, los milagros son signos de la presencia de Dios que actúa en el mundo. La fe busca la explicación última a la ocurrencia de dichos milagros, en un ámbito distinto al de las ciencias y, por lo mismo, un hecho inexplicable visto por los ojos de un creyente reviste características distintas a los ojos de un científico. Este último tratará de descubrir el cómo de la ocurrencia de dicho milagro, la persona de fe en cambio, se preguntará por el sentido ultimo de los acontecimientos, el por qué o para qué.

Teniendo en consideración lo anterior, cabe hacerse la pregunta de si la ocurrencia de milagros en la actualidad no estaría, en cierto sentido, oculta por unilateral visión científico-natural presente en nuestro mundo. Hechos que en la época de Jesús podrían haber sido considerados milagrosos, nuestra visión moderna los reduce a simples productos de la relación causa-efecto. Como consecuencia, el hombre moderno no se pregunta siquiera por el por qué o para qué de la ocurrencia de tal hecho. Ello ocurre incluso en personas creyentes y con profundas convicciones de fe. Nuestra vista se reduce a la causalidad y así, nuestro asombro ante la actuación de Dios en el mundo queda reducida. Es necesario entonces abrir nuevamente los ojos de la fe y ver hoy los actos de Dios a favor de la humanidad que hacen presente el Reino de Dios.

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[1] Kasper, W. Jesús el Cristo. Editorial Sígueme. Salamanca, 1998. Pág. 109.

[2] Íbid. Pág.112.

[3] Cf. Harrison. “Milagro” en Diccionario de Teología.  Editorial Desafío. Grand Rapids, 2002. Pág. 389.

[4] Kasper, W. Op. Cit. Pág. 113.

[5] Armstrong Cox, S. Jesús de Nazareth: Síntesis de Cristología Bíblica. Colección textos de apoyo para la Docencia de la UCM. Talca, 2005. pág. 46.


Comprender los milagros hoy (Primera Parte).

Octubre 18, 2008

 

Para muchas personas los milagros son considerados como verdaderas pruebas de la existencia de Dios. Pero hoy, y desde la Modernidad, los milagros se han convertido en un obstáculo más que en una ayuda al momento de explicar fe cristiana. Debido a lo anterior creo que debemos elaborar una nueva manera de entender los milagros si queremos que sea pertinente para nuestros días. Para mi los milagros no son actos de Dios que por ser contrarios a las leyes naturales avalan su presencia real en nuestro mundo, sino que son hechos interpretados desde la fe como actos salvadores de Dios, actos en donde él se muestra como aquél que quiere dar vida, salud y libertad plena para todos.

 

Los milagros se definen tradicionalmente como 1) acciones de Dios en nuestro mundo que avalan su presencia, 2) fenómenos observables efectuados por el poder de Dios, 3) una desviación aguda de orden de la naturaleza, 4) una desviación calculada para producir una fe que produzca reverencia, 5) una acción de Dios que irrumpe para respaldar a un agente que lo revela. [1]

 

Definidos así los milagros son considerados como verdaderas pruebas de la existencia de Dios, de la autoridad de Jesús y del cristianismo. Pero hoy, y desde la Modernidad, los milagros se han convertido en un obstáculo más que en una ayuda al momento de explicar la racionalidad de la fe cristiana. Ello debido a la concepción moderna de las leyes de la naturaleza. En esta concepción no hay espacio para los milagros, ya que desde un comienzo se los considera como algo aún no explicado debido simplemente a que no se conocen todas las leyes naturales. Sin embargo, una vez conocidas, el fenómeno considerado milagroso dejará de serlo. Por lo tanto, la mentalidad moderna niega a priori la existencia de milagros.

 

Debido a lo anterior creo que debemos elaborar una nueva manera de entender los milagros si queremos que sea pertinente para nuestros días y especialmente si queremos comprender el hecho del milagro desde la mentalidad de lo antiguos judíos y primeros cristianos. Para estos, los milagros no son actos de Dios que por ser contrarios a las leyes naturales avalan su presencia real en nuestro mundo sino que son actos salvadores de Dios, hechos en donde Dios se muestra como aquél que quiere dar vida, salud y libertad plena.

 

Los autores bíblicos no tienen la noción de leyes naturales, para ellos el mundo esta abierto al poder de espíritus y dioses y son estos los directamente responsables de cada hecho que hoy llamamos natural. Por tanto no se puede decir tampoco que ellos estaban abiertos al mundo sobrenatural porque la acción de estos espíritus y dioses no era considerada como algo ajeno al mundo como tal, sino inmanente a él. Es debido a lo mismo que desde su cosmovisión Dios no necesita avalar su existencia ni su poder con hechos portentosos. Para ellos la presencia de Dios es evidente en el mundo, Dios siempre se manifiesta a través de sus agentes, sean ángeles, fuerzas impersonales u hombres elegidos. Recordemos que, al igual que la idea de un mundo regido por leyes naturales, el ateísmo es un fenómeno moderno.

 

Para entender mejor el significado teológico de los milagros en la Biblia tomemos como ejemplo los milagros de Jesús. En primer lugar se puede señalar que lo central en los milagros de Jesús es que “son signos de la salvación del Reino de Dios que ya irrumpe”[2]. El mensaje central de Jesús es la llegada del reino de Dios en su persona. Para el judío de entonces el reino de Dios era la personificación de la esperanza, la realización del ideal de justicia sobre la tierra, esto es, la liberación de cualquier injusto señorío imponiéndose la justicia de Dios sobre el mundo. El reino es la realización del Shalom escatológico, de la paz entre los pueblos, entre los hombres, en el hombre y en todo el cosmos.[3]

 

Al respecto Kasper afirma: 

En la Biblia es una concepción común que el hombre no posee por sí mismo paz, justicia, libertad y vida. La vida esta continuamente amenazada, la libertad oprimida y perdida, la justicia pisoteada. Este encontrarse perdido llega tan profundo, que le hombre no pude liberarse por su propia fuerza. No puede sacarse a sí mismo del atolladero. Demonios llama la Escritura a este poder que antecede la libertad de cada uno y de todos, el cual impide al hombre ser libre. [4]

 

La salvación del Reino de Dios irrumpe frente a la realidad de dominio que hasta ese momento tenían los demonios. Joachim Jeremías explica que en los tiempos de Jesús se consideraban a los demonios como seres individuales, si bien no exclusivamente. En cambio Jesús considera las manifestaciones demoníacas en relación con Satanás. Este aparece como un jefe con poderes reales que domina sobre un ejercito de demonios. Con esto lo maligno pierde su carácter de cosa aislada y casual.[5]

 

Se consideraba que Satanás (y sus demonios) tenían la preeminencia hasta ese momento pues, como Jeremías menciona, no sólo se consideraba  que los endemoniados están esclavizados por el poder del maligno sino que enfermedades de toda índole se hacían derivar de los demonios, principalmente distintas formas de enfermedades mentales.[6] Además algunas de las manifestaciones de la naturaleza que ponen en peligro la vida de las personas, como las tempestades por ejemplo, también eran consideradas en relación con el poder destructor de Satanás y sus demonios. Es por esto que en el texto donde Jesús calma la tempestad, este la reprende al igual que reprende a los demonios.

 

Desde este perspectiva podemos entender entonces los milagros como la victoria de Jesús frente al dominio de Satanás. Entonces estos milagros no son casos aislados sino, más bien, manifestaciones de la llegada definitiva del Reino de Dios. Como afirma Jesús en el evangelio de Mateo 12,28: “Si expulso a los demonios con el espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios”. También en la expulsión de los demonios realizada por los discípulos Jesús ve despuntar ya la aniquilación de Satanás: “Yo veía como Satanás, arrojado precipitadamente del cielo, caía en tierra como un rayo” (Lc. 10,18).

 

En segundo lugar se puede afirmar que los milagros de Jesús son la expresión corporal y mundana de la liberación que trae el Reino de Dios. Son signos de la liberación de todo el hombre. Sergio Armstrong menciona:

 

Las sanciones de sordos, mudos y ciegos, dicen relación con la comunicación interpersonal; la de los endemoniados, están vinculadas a la libertad; la de los leprosos a su reinserción en la sociedad; etc. Los milagros apuntan a todas las dimensiones de la existencia humana: la relación con Dios, con los semejantes y con la naturaleza. Nos comunican que la salvación lo es de todo el hombre, no sólo de su alma. [7]

 

En último lugar se puede afirmar que los milagros de Jesús en los evangelios son llamados  a la fe, buscan suscitar una respuesta de fe en el hombre. En este sentido los milagros no son simples acciones mágicas sino que su función es extrañar, inquietar y sacudir al hombre para llevarlo a abrirse a un mundo distinto, un mundo de fe en Dios. Los milagros en los evangelios provocan repetidas veces la pregunta acerca de Jesús “¿Quién es este?” (Mc. 1,27; 4,41; Mt. 12,23). Es necesario mencionar en este punto que, como afirma Kasper, los milagros hacen que el hombre se abra a la realidad de Dios y de Jesús pero de ningún modo atropellan al hombre. Si los milagros atropellaran al hombre “no llevarían precisamente a la fe, que por esencia no se puede probar, sino que la harían imposible”.[8]

 

Como conclusión de esta primera parte quiero señalar que concuerdo con Kasper que “lo que los milagros de Jesús dicen, en definitiva, es que en Jesús Dios realizaba su plan, que Dios actuó en él para salvación del hombre y del mundo”[9]. En el siguiente post publicaré la segunda parte y final de este tema acerca de los milagros en la actualidad.

 

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[1] Cf. Harrison. “Milagro” en Diccionario de Teología.  Editorial Desafío. Grand Rapids, 2002. Pág. 389.

[2] Kasper, W. Jesús el Cristo. Editorial Sígueme. Salamanca, 1998. Pág. 117.

[3] Cf. Ibíd. Pág. 87-88.

[4] Ibíd. Pág. 88.

[5] Cf. Jeremías, J.  Teología del Nuevo Testamento, VOL. I. Editorial Sígueme. Salamanca, 1993. Pág. 116.

[6] Cf. Ibíd. Pág. 115.

[7] Armstrong Cox, S. Jesús de Nazareth: Síntesis de Cristología Bíblica. Colección textos de apoyo para la Docencia de la UCM. Talca, 2005. pág. 47.

[8] Kasper, W. Op. Cit. Pág. 120.

[9] Ibíd. Pág. 121.


Repensando el concepto de fe

Septiembre 19, 2008

Creo que si queremos que la fe cristiana sea pertinente para los tiempos posmodernos en que vivimos debemos repensarlo todo, incluida la manera en que se ha entendido el concepto de fe. La fe cristiana no es una creencia ingenua ni una verdad irrefutable, es una acto de confianza razonable en el Dios Padre de Jesús.

Por una parte algunos piensan que la fe es creer en algo o en alguien sin ningún tipo de fundamento o prueba. Es aceptar la Revelación que nos llega a nosotros a través de la Sagrada Escritura u otra fuente de autoridad normativa. La fe se basaría en los axiomas fundamentales que contiene la Biblia de la misma manera que las ciencias se basan en axiomas lógicos y empíricos. La fe y la razón humana caminan por senderos distintos. A raíz de esto desde la ilustración moderna la fe es vista por la mayoría de las personas como un acto completamente irracional que cometen personas ingenuas y desesperadas que no son capaces de asumir la realidad, ni su propia libertad y autonomía.

Por otra parte hay personas que consideran que la fe es un acto completamente racional. Desde este punto de vista la fe es completamente demostrable por lo que podemos, desde la razón y dejando de lado por un momento la Revelación, probar incluso de la existencia de Dios y la verdad del cristianismo. En esta línea y desde la perspectiva evangélica contemporánea, que me parece la más ingenua por su fundamentalismo, encontramos libros de apologética que contestan a la crítica ilustrada afirmando que la Biblia tenía razón en cuestiones históricas y científicas y que la fe cristiana sí puede dar evidencias de su verdad que exigen un veredicto afirmativo. Esto ha hecho que las personas en la cultura actual no encuentren en el cristianismo una fe viva sino sólo verdades doctrinales para ser aceptadas racionalmente. Como señala Brian McLaren, el cristianismo posmoderno debe recuperar no  sólo su verdad sino también su bondad y belleza si quiere ser pertinente para nuestra época.[1]

 

Con respecto a esto Küng señala:

“Admitido: los enunciado de la fe no tienen el mismo carácter que las leyes matemáticas o físicas. Su contenido no puede ser demostrado, ni como en las leyes matemáticas ni como en la física… La realidad de Dios tampoco sería la realidad de Dios si fuese tan visible, aprehensible, comprobable empíricamente, si fuese verificable experimentalmente o deducible matemática o lógicamente… Si lo fuese, no sería Dios. Dios sería entonces el ídolo de los hombres.

 

[Dios] no es racionalmente demostrable, por más que lo hayan intentado los teólogos y a veces también los científicos, contrariamente a la Biblia hebrea, contrariamente al Nuevo Testamento y contrariamente al Corán, libros todos ellos en los que la existencia de Dios no se demuestra nunca de modo argumentativo… Tampoco ha aportado nadie  hasta ahora una prueba convincente de la no-existencia de Dios. Indemostrable no es sólo la existencia de Dios, sino también la existencia de la nada.”[2]

 

Nadie esta obligado ha aceptar la realidad de Dios por el poder de la razón pero no por esto, por no ser demostrable, la creencia en Dios es un acto irracional. Küng afirma que la fe es un acto de confianza razonable y creo que esta es una buena manera de entender la fe desde la perspectiva del movimiento emergente.

 

La fe es confianza, no se mueve sólo en el ámbito intelectual sino que también es un acto relacionado con los sentimientos y la voluntad, un acto en que en ser humano se comprometen integralmente. De ahí que la religión no se pueda reducir a filosofía y que no haya desaparecido como consecuencia de la ilustración.

 

La fe al ser confianza no es por eso irracional. La confianza no excluye el pensar, preguntar y dudar, es más, una confianza que no piensa, pregunta o duda, no es la fe bíblica sino una credulidad ingenua que ninguno de los primeros discípulos tenía. Este acto de confianza que es la fe en Dios se puede equiparar con el amor. No puedo probar científicamente que mi pareja me ama, sólo veo sus actos y escucho sus palabras, es decir, no puedo comprobar empíricamente que lo que esa persona hace y dice se condice realmente con lo que piensa y siente, pues siempre esta la posibilidad que esa persona me este engañando o que sea una lunática. Lo único que puedo hacer, y es lo que todos hacemos al estar enamorados, es tener una confianza en esa persona. A nadie se le ocurriría decir que estoy siendo irracional al tener esa confianza, pues es una confianza razonable. Desde esta perspectiva podríamos decir que la fe es amor a Dios con todo lo que soy ¿No lo dijo ya Jesús?.

 

La fe en Dios en sí misma parece ser una contradicción, tal como lo señala la Biblia: “La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve”.[3] ¿Cómo puede tener garantía de algo que aun no esta presente? ¿Cómo puedo tener la certeza de lo que no estoy viendo? Sin embargo, la garantía y la certeza no son contradictorias si las entendemos desde la confianza y no desde una perspectiva racionalista o científica.

 

Si entendemos la fe como confianza razonable, no se trata entonces de una mera aceptación racional de la existencia de Dios y la resurrección de Jesús, sino que esa fe se hace realmente evidente cada vez que sigo a Jesús creyendo que su camino es el que lleva a la paz verdadera y a la vida plena. Frente a otros caminos que muestran y garantizan felicidad opto por el camino de Jesús, ya que aquellos son y se mostrarán finalmente como caminos de muerte. Una nube de testigos tenemos, tanto en la Biblia como en la actualidad, que nos enseña el camino de la confianza en Jesús.

 

Esta manera de entender la fe nos sugiere muchas formas de repensar nuestra praxis cristiana. ¿Cómo entendemos la evangelización si ya no se trata de probar ni de hacer que las personas crean irracionalmente nuestras palabras? ¿Es la fe una ortodoxia u ortopraxis, o ambas? ¿Es la teología opcional o inseparable de una fe autentica? Estas son algunas de las muchas preguntas que el movimiento emergente esta haciendo y el sólo hecho de plantearlas nos puede llevar a una fe más autentica, una verdadera confianza razonable en el Padre de Jesús.

 

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[1] Cf. McLaren, Brian. Más preparado de lo que piensas: La evangelización como danza en tiempos posmodernos. Editorial Kairós.

[2] Küng, Hans. Credo. Editorial Trotta. Pág. 17.

[3] Hebreos 11:1 (NVI)